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Los profetas de la astronáutica

A nadie le extraña hoy en día ver cómo una nave espacial abandona el planeta para sumergirse en las profundidades del cosmos. Sin embargo, tan sólo un siglo atrás en el tiempo, esta idea se encontraba sólo en la mente de locos y fantasiosos que especulaban con ello como quien hoy conjetura sobre máquinas del tiempo o teletransportes. A pesar de ello, hubo un pequeño grupo de pioneros que supo encontrar el camino para establecer las bases de una de las ciencias que más avanzaría y que más esperanzas daría a la humanidad en el siglo XX: La astronáutica.

Viajando con la mente

Podemos afirmar sin miedo a cometer un error que la idea de viajar por el cosmos y llegar a planetas lejanos es un tema recurrente que ha acompañado siempre a la ciencia ficción. A falta de la tecnología necesaria para lograrlo, numerosos escritores han intentado recrear en sus libros una travesía de tales dimensiones.

Ya en el siglo II d.C podemos ver las primeras muestras de ello: Luciano de Samosata ideó en su "Historia verdadera" un barco que, impulsado por un gigantesco chorro de agua y viento, consigue llegar a la Luna. Allí le esperan los selenitas, unos extraños seres enzarzados en una guerra con los habitantes del Sol. La historia, sobre la cual podéis leer un poco más aquí, demuestra una gran capacidad de imaginación por parte de Luciano, pero lo realmente interesante es la idea de llegar a la Luna en pleno siglo II:

"Al romper el día zarpamos con brisa suave. Pero a mediodía, repentinamente, cuando ya la isla estaba fuera del alcance de nuestra vista, se produjo un torbellino que hizo girar la nave, la levantó unos trescientos estadios y ya no la dejó caer sobre el mar, sino que la mantuvo suspendida en el aire, arrastrada por el viento que soplaba contra las velas y henchía la lona (...) Estuvimos volando así por los aires siete días y otras noches y al octavo vislumbramos una gran tierra en el aire, como una isla, brillante y redonda, resplandeciendo con luz deslumbrante; nos acercamos a ella, anclamos y desembarcamos (...) Aquella tierra era la Luna que nosotros veíamos brillar desde la Tierra"

Por supuesto, si hablamos de ciencia ficción, no podemos olvidarnos de los dos más grandes progenitores de este género literario: H.G. Wells y Julio Verne. Como era de esperar, ambos trataron en sus novelas el tema de la exploración espacial.

En sus dos libros "De la Tierra a la Luna" y "Alrededor de la Luna", Verne describe un viaje espacial que nos resultará mucho más familiar que el planteado por Luciano. En las novelas del francés, los intrépidos aventureros deciden llegar hasta la Luna en un proyectil de dimensiones colosales impulsado por un cañón igualmente descomunal. Es conveniente mencionar que, como es habitual en Julio Verne, se aportaron numerosos datos científicos para dar realismo a sus ideas. Y, aunque comete algunos errores relacionados con las leyes físicas que influyen a la hora de realizar un viaje espacial, cuidó con mimo detalles como la falta de gravedad o las cantidades de oxígeno que los astronautas deberían consumir.

Por su parte, Wells le concedió menos importancia a los detalles científicos y convirtió su novela "Los primeros hombres en la luna" en una obra de ciencia ficción con un importante transfondo filosófico. Los protagonistas inventan en esta ocasión una sustancia antigravitatoria, la cavorita, con la cual recubren una nave espacial que asciende automáticamente hasta nuestro satélite, donde encontrarán una civilización extraterrestre que Wells utilizará como excusa para desarrollar una crítica social.

Llegó la hora de los inventores

Por suerte, la exploración espacial no quedó relegada a los libros de ficción. No es justo dejar a los escritores como los únicos profetas de la astronáutica; también merecen ocupar ese puesto los inventores pioneros que decidieron poner en marcha las ideas de sus antepasados. A principios del siglo XX, una nueva oleada de científicos, motivados por las historias de extraños viajes más allá de la Tierra y por fin con una tecnología suficiente como para dar los primeros pasos de una nueva ciencia, empezaron a convertir en realidad los sueños de escritores y soñadores.

Uno de ellos fue Konstantín Tsiolkovski, muy acertadamente conocido como "el padre de la cosmonáutica", a quien podemos ver en la imagen. Konstantín siempre fue un gran autodidacta: Debido a las dificultades para ir a la escuela (era sordo e hijo de inmigrantes), decidió empezar a leer los libros de su padre y se convirtió en visitante asiduo de las bibliotecas de Moscú.

Probablemente esa capacidad le permitió crear los proyectos deslumbrantes e innovadores que le dieron fama, los cuales expuso en su libro "La exploración del espacio cósmico por medio de los motores de reacción". Sus ideas se convirtieron en referentes para las primeras naves espaciales y muchas de ellas se siguen aplicando en la actualidad.

En su época, la mayoría de los científicos estaban de acuerdo en que el espacio exterior estaba vacío, por lo que Tsiolkovski partía de la base de que sus ingenios espaciales debían de propulsarse sin necesidad de un medio al que oponerse (idea en la que se basaban la mayoría de los sistemas de propulsión en aquella época). ¿Cuál sería la solución al problema? El científico ruso, que sin duda tenía más conocimientos de física que Verne, descartó la idea de utilizar un enorme cañón para disparar una bala-nave. Mediante numerosos experimentos en los que comprobó la aceleración máxima que podía resistir un ser vivo y la velocidad necesaria para abandonar la órbita terrestre, determinó que la aceleración instantánea generada en el estallido de la novela de Verne mataría a sus ocupantes por aplastamiento.

Tsiolkovski desarrolló un artilugio que conseguiría evadir todos esos problemas: El cohete. A pesar de no ser el inventor del cohete como tal, sí que fue pionero en su estudio y su desarrollo como medio para llegar al espacio exterior. El mecanismo básico del cohete era un diseño ganador que, basándose en leyes físicas tan fundamentales como las de Newton, perduraría hasta nuestros días.

Pero sus innovaciones no se quedan ahí: Aún hoy asombra descubrir cómo es posible que Konstantín diera con la clave de muchísimos aspectos vitales para el buen funcionamiento del cohete. A saber: El perfeccionamiento del cohete de varias etapas, que permitía deshacerse de una fase cuando se agotara el combustible y no llevar así peso inútil; el uso de combustibles líquidos en vez de la clásica pólvora, mucho más eficiente para esta situación; e incluso la invención de aletas deflectoras para controlar la trayectoria del cohete.

La principal limitación de Konstantín no fue su imaginación, sino la tecnología y su pésimo sueldo, que no permitían llevar a cabo muchos de sus proyectos teóricos. El epitafio de su tumba, escrito por él mismo, era un mensaje de esperanza para la incipiente astronáutica:

"El hombre no permanecerá siempre en la Tierra, la búsqueda de la luz y el espacio lo llevará a penetrar los límites de la atmósfera, tímidamente al principio, pero al final para conquistar la totalidad del espacio solar"

Un estudio algo más práctico sobre el funcionamiento de los cohetes lo llevó a cabo el estadounidense Robert Goddard, contemporáneo de Tsiolkovski que, ajeno a los trabajos que estaba desarrollando el físico ruso, contribuyó enormemente a la creación de los primeros modelos de cohetes. Goddar, a quien podemos ver en la foto, tuvo dos grandes similitudes con Tsiolkovski: La costumbre de trabajar como un lobo solitario, aislado de la comunidad científica por miedo a ser ridiculizado al trabajar en un campo aún considerado de ficción; y la profunda pasión por llegar a otros planetas que la literatura fantástica había desatado en él.

De hecho, si la leyenda cuenta que la inspiración de Newton fue la manzana caída del árbol, podemos decir que lo equivalente en Goddar fueron los libros de Wells. La lectura de "La guerra de los mundos" a la temprana edad de 16 años le impactó tan fuertemente que, un día, mientras estaba subido en un cerezo podando sus ramas, miró hacia Marte, quizás algo atemorizado por la posible existencia de seres extraterrestres que podrían estar planeando una invasión, y pensó que durante el resto de su vida debería dedicarse a crear un artefacto capaz de llevarlo hasta allí.

Como decíamos, Goddard desconocía totalmente los proyectos de Tsiolkovski, por lo que muchas de sus investigaciones acabaron dando lugar a los mismos descubrimientos, realizados de forma paralela. Uno de los detalles en los que más importancia puso Goddard fue en el uso de combustibles líquidos para los cohetes. La diferencia clave entre ambos científicos es en el tipo de materiales que se utilizarían como combustibles/comburentes: Frente a la mezcla de hidrógeno y oxígeno líquidos del ruso, Goddard propuso una opción mucho más fácil de llevar a cabo con la tecnología de su época, gasolina y oxído de nitrógeno.

Lleno de ambición, decidió realizar sus propios experimentos y demostrar la valía de este tipo de combustibles. El "Goddard 1", apodado cariñosamente Nell, alcanzó una altura de 12,5 metros y una velocidad media de 100 km/h durante sus casi tres segundos de vuelo. Un viaje no demasiado espectacular, pero que dejó patente que las ideas de Goddard no eran simples elucubraciones.

Sea como sea, Goddard fue objeto de críticas que sólo lograron alimentar su obsesión por trabajar en solitario. Es célebre la burla que el diario The New York Times hizo sobre los sueños del científico de llegar hasta la Luna, en la que insinuaron, en un alarde de ignorancia, que Goddard carecía de conocimientos básicos sobre física. En 1969, tras el aterrizaje del Apollo 11 en la Luna y ante todas las evidencias, el periódico no tuvo más remedio que pedir perdón al ya fallecido pionero de la astronáutica.

No es de extrañar que, si hubiera dispuesto de más presupuesto, Goddard hubiera realizado más experimentos similares. Y es que muchos de sus proyectos los financió él mismo con su dinero. La armada americana no supo ver el potencial que aquél hombre tenía entre sus manos y se negó a financiar sus pruebas balísticas. Más atención recibió sin embargo desde Alemania, desde donde varios espías intentaron hacerse que con la valiosa información que manejaba aquél científico...

"Los sueños de ayer son las esperanzas de hoy y las realidades del mañana" - Robert Goddard

Efectivamente, Alemania estaba vigilando con cautela los movimientos de Goddard. No en vano ésta se convertiría en una de las potencias con mejor manejo de los misiles en la Segunda Guerra Mundial. Será ésta nuestra última parada en la búsqueda de los pioneros del espacio. Aquí, Hermann Julius Oberth (a quien podemos ver en la imagen) sentaría las bases de la cohetería alemana de forma paralela a Goddard y Tsiolkovski.

¿Adivináis ya de dónde sacó Oberth su pasión por la astronáutica? Si en el caso de Goddard el detonante había sido Wells, aquí había sido Verne y su novela "De la Tierra a la Luna" la que llenó de ambición la mente de un niño.

Curiosamente, Goddard siempre se llevó mal con Oberth. Al parecer, el alemán se había interesado por sus trabajos y le pidió una copia de su libro más famoso. Desde ese día, Goddard siempre se refirió a Oberth como un plagiador que no había inventado nada nuevo. Para hacer justicia a la historia, es necesario decir que, aunque Hermann hubiera estado bastante influenciado por los estudios de su compañero americano, la mayoría de sus descubrimientos habían sido realizados de forma independiente.

Oberth corrió, sin embargo, mejor suerte que sus compañeros. Es cierto que su tesis "Los cohetes hacia el espacio interplanetario" fue rechazada por "utópica", pero la publicación de un libro con sus ideas bajo el título de "Modos del vuelo espacial" fue un verdadero éxito de ventas que otorgó fama y reconocimiento a Hermann. De hecho, las primeras sociedades de cohetes (como la VfR, que tendría una importancia vital en la puesta en práctica de las ideas teóricas de Oberth) se formaron a raíz de este libro. Más que por la novedad de sus ideas, quizás deberíamos agradecer a Oberth el hecho de que las hubiera popularizado y divulgado, convirtiéndolas en algo accesible para el público (escribió varios libros, algunos con un tono muy divulgativo) y, por tanto, haciéndolas atractivas y posibles de llevar a cabo.

Las ideas de Oberth, entre las que se encontraban los ya mencionados cohetes multifase y combustibles líquidos, llegaron a todos los ámbitos de la cultura. No es de extrañar que el director de cine Fritz Lang llamara a Oberth para que le diera asistencia técnica en su película "La mujer en la Luna" y lo que es más importante, para que creara un pequeño cohete con motivo de publicitarla. Sea como sea, Oberth tenía más de físico que de ingeniero, porque su modelo de cohete explotó en una de las primeras pruebas dejándolo tuerto.

Sí que se consiguieron llevar a cabo modelos reales de sus cohetes en la VfR, de la que formó parte junto con su más aventajado discípulo, Wernher von Braun, quien, en un futuro, diseñaría tanto los terroríficos misiles balísticos V2 como el Saturn V, responsable de llevar al hombre a la Luna. De todas formas, Von Braun pertenecería ya a una segunda ola de científicos que, gracias a la labor de estos tres pioneros, pudieron sacar al hombre de "su cuna" terrestre. Nuevos científicos como Braun o su "gemelo" ucraniano Serguéi Koroliov, conocido como El Diseñador Jefe, en gran parte responsable de la prematura ventaja soviética en la carrera espacial al supervisar programas como el Sputnik o el Vostok, serían ahora los responsables del avance de la astronáutica en su siglo de oro.

Prácticamente ninguno de los "profetas" que hemos mencionado en este artículo llegaron a ver un artefacto humano en el espacio. Sólo Oberth, que vivió hasta el año 1989, pudo disfrutar en vida de la revolución científica que había ayudado a cimentar desde sus más humildes orígenes.

Fuentes

Astronáutica - Giles Sparrow
Invitación a la lectura: "Historia verdadera"... pero falsa
Alrededor de la Luna
Los primeros hombres en la Luna
Konstantín Tsiolkovski
Robert Goddard
Hermann Julius Oberth
1ª imagen
2ª imagen
3ª imagen
4ª imagen
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¿La guerra biológica es un invento moderno?

Si hablamos de la guerra biológica, seguro que todo el mundo piensa en virus y microorganismos desarrollados en avanzados laboratorios, en sofisticadas armas de espías... Sin embargo, la guerra biológica no es algo tan moderno como comúnmente se piensa. De hecho, ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes. La idea de imitar a la naturaleza en el uso de plagas, epidemias y enfermedades ha estado en la mente del hombre antes incluso del gran desarrollo de la microbiología y biotecnología que se ha dado en los últimos siglos.

Antes de nada, es necesario dejar claro un par de conceptos: Un arma biológica es cualquier organismo patógeno que se usa como arma de guerra (por ejemplo, bacterias y virus), algo que no se debe confundir con arma química (guardan parecidas, pero las armas químicas son organismos no vivientes, como por ejemplo toxinas). Las armas biológicas son consideradas armas de destrucción masiva.

Como íbamos diciendo, la historia de la guerra biológica se remonta siglos y siglos atrás. Aunque las técnicas más primitivas eran muy rudimentarias, no por ello eran poco efectivas. El primer caso documentado de uso de un arma biológica lo encontramos entre los años 1500-1200 a.C, cuando los hititas recogieron a víctimas y fallecidos por la peste y los llevaron a las tierras enemigas para que se extendiera la enfermedad. Esta técnica, la de transportar enfermos a tierras enemigas, era una manera ideal de atacar al mismo tiempo a soldados y a la población civil.

También era popular el envenenamiento de pozos y reservas de agua. Por ejemplo, en el año 590 a.C, durante las Guerras Sagradas de Grecia, los atenienses envenenaron pozos con la planta venenosa eléboro. También se sabe que los romanos y los sirios solían tirar animales en proceso de putrefacción para transmitir bacterias y microorganismos al agua.

Una técnica más enfocada a atacar a un individuo en concreto y no a una población en general era la que solían usar los pueblos escitas ya en el siglo VI a.C. Sumergían las puntas de sus flechas en algún tipo de sustancia patógena (veneno de serpiente, heces...) para que infectaran la herida del enemigo al que alcanzaban, potenciando así mucho más el poder de las flechas.

Y, hablando de venenos, no nos podemos olvidar de dos animales que fueron usados con muchísima frecuencia: Las serpientes y los escorpiones. En más de una ocasión, los romanos se encontraron con enemigos que usaban vasijas llenas de serpientes o escorpiones, las cuales eran lanzadas contra ellos para provocar no sólo bajas, sino también el miedo y la desconcentración.

En la Edad Media, como era de esperar, la gran protagonista de los ataques biológicos fue la peste bubónica. Por poner un ejemplo, cuando los mongoles asediaron la ciudad de Caffa en el siglo XIV, cogieron a los fallecidos por la peste negra y los lanzaron con catapultas por encima de las murallas de la ciudad. También existía una versión más "light" del ataque, en la que se lanzaban las ropas y pertenencias de los enfermos. Quizás la efectividad de estos ataques no fuera la esperada (el mayor foco de transmisión de la peste eran las pulgas con ayuda de las ratas negras, y no por contacto con los muertos), pero teniendo en cuenta la gran cantidad de supersticiones y desconocimiento que había en aquella época, seguramente infundía un terror enorme.

El mecanismo de "inundar" una ciudad asediada por medio de catapultas no se realizaba sólo con fallecidos por la peste. También se solían tirar excrementos, estiércol y cualquier cosa que pudiera provocar infecciones, enfermedades y, también hay que tenerlo en cuenta, malestar general.

Uno de los intentos de guerra biológica más potentes y despiadados fue el que realizó el general inglés Jeffrey Amherst contra los nativos americanos entre los años 1754-1767. Con el objetivo de (según sus propias palabras) "extirpar a esta raza execrable", les repartió a modo de regalo las mantas que habían usado los ingleses enfermos de viruela (por supuesto, los nativos creían que eran mantas en perfecto estado que se daban como muestra de paz). Dado que los americanos carecían de anticuerpos contra esta enfermedad, fue cuestión de días que se propagara una epidemia que acabó con la vida de más de 100000 personas. La idea de este plan está perfectamente reflejada y bien documentada en unas cartas que Jeffrey Amherst intercambió con el coronel Henry Bouquet, aunque, todo hay que decirlo, algunos historiadores creen que ese brote de viruela pudo haber surgido antes por otros medios, dejando inválido el ataque (hay mucha discusión al respecto).

En la época de colonizaciones de zonas americanas y del Pacífico, sucesos como el relatado anteriormente se sucedieron de forma regular, debido principalmente a la falta de defensas de los nativos frente a nuevas enfermedades.

Sin embargo, y como era de esperar, durante el siglo XX la guerra biológica alcanzó un nivel muchísimo mayor de sofisticación, gracias al avance de la microbiología. Durante las dos guerras mundiales se desplegaron algunas modernas técnicas nunca antes vistas.

Quizás el caso más espectacular se dio en Japón. Uno de los primeros hombres que aprovechó el mejor entendimiento de la microbiología para desarrollar armas biológicas fue Shirō Ishii, japonés que dirigió el Escuadrón 731. Este escuadrón es considerado a día de hoy como el responsable de uno de los mayores crímenes de guerra, semejante al del exterminio nazi. Allí se llevaron a cabo innumerables experimentos de guerra bacteriológica sobre sus prisioneros. Los japoneses centraron su investigación en enfermedades como la cólera, la viruela, el botulismo... Incluso desarrollaron "bombas" que extendían estas enfermedades allí donde caían. También fueron los responsables de envenenar alrededor de 1000 pozos en China en época de guerra. Por supuesto, este escuadrón acabó disolviéndose y fue denunciado por la ONU.

Evidentemente, como respuesta a los japoneses el resto de superpotencias también desarrollaron un gran armamento biológico, como el ántrax o el muermo. Este tipo de armas cada vez se asemejaron más a las que todos conocemos habitualmente, por lo que no merece la pena extenderse demasiado.

Sí que es curioso mencionar una anécdota ocurrida en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Los ingleses, que habían centrado su investigación en el ántrax, decidieron hacer una prueba y bombardear una isla escocesa llamada Gruinard. Ochenta ovejas fueron llevadas a la isla para comprobar los efectos que tenían las bombas. ¿El resultado? Murieron todas. Pero eso no fue todo: Tras los experimentos, el grado de contaminación fue tal que se prohibió visitar la isla durante años, y tuvo que llevarse a cabo un plan de descontaminación para eliminar los restos de la plaga. Hoy en día se conservan algunos vídeos del experimento.

Durante la Guerra Fría, también se intensificaron las investigaciones en armas biológicas, e incluso algunas se realizaron de forma secreta. Un experimento destacable fue el llevado a cabo por EEUU en 1966 que, para probar la seguridad de sus instalaciones, liberó en el metro de Nueva York la bacteria Bacillus subtilis. Los resultados del experimento demostraron que la liberación de un organismo en una sola estación podían infectar todo el sistema subterráneo. Por suerte, esto fue sólo una prueba; pero una versión real de este experimento ocurrió en el año 1995, en Tokio, cuando el grupo terrorista Aum Shinrikyō liberó en la estación de metro gas sarín, provocando la muerte de 25 personas (el gas sarín es un arma química y no biológica, pero sirve para ilustrar a modo de ejemplo el alcance que podría haber tenido el experimento de Nueva York si se realizara de verdad).

El uso de armas biológicas está a día de hoy terminantemente prohibido por las Naciones Unidas. La Convención de Armas Tóxicas y Biológicas, la cual más de 137 países habían firmado ya en 1996, prohíbe el “desarrollo, producción y acumulación de microbios o sus productos venenosos excepto en cantidades necesarias para protección y exploración pacífica.”

En definitiva, por todo lo que hemos estado comentando y por muchas cosas más, podemos afirmar con seguridad que la guerra biológica no es en absoluto algo que haya aparecido en tiempos modernos.


Nota: Este post participa en la tercera edición del carnaval de biología, que organiza el blog "El Pakozoico".

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Las matemáticas en el régimen nazi

Una de las características más importantes del nazismo fue la manipulación, a base de la propaganda y la educación, de la ideología de los ciudadanos. Desde pequeños, los alemanes eran educados para convertirse en verdaderos nazis. Las ideas del partido nacionalsocialista eran inculcadas en sus jóvenes mentes de formas inimaginables.

Medios de comunicación como la radio o la prensa se convirtieron en un simple método de adoctrinamiento político de las grandes masas. Pero, ante todo, los nazis veían como objetivo principal moldear a los niños a su imagen, ya que eran ellos, los jóvenes, los que mantendrían el Reich en el futuro. Había todo tipo de formas de lograr esto: Mediante cuentos infantiles, mediante canciones, mediante la adaptación de la historia a los ideales nazis... Sin embargo, también usaron formas muy poco comunes de adoctrinamiento. El ejemplo más representativo de hasta dónde podía llegar el gobierno era mediante el uso de las matemáticas como otra forma de "educar políticamente". Y es que, aunque parezca extraño, los ministros de educación nazi no dejaban ningún frente abierto y aprovechaban cualquier oportunidad para difundir sus ideas (de hecho, existía un ministerio dedicado especialmente a "la educación del pueblo y la propaganda").

¿Cómo es posible que se aprovecharan las matemáticas como un arma ideológica? Es de sobra conocido que las escuelas nazis educaban políticamente a los niños para que no estuvieran en contra de Hitler con asignaturas como la historia o la filosofía, muy fácilmente manipulables, pero... ¿de verdad era posible usar también una materia como las matemáticas con ese objetivo?

Pues sí, los ministros de educación lo consiguieron con gran maestría. Nada mejor que ver un ejemplo de aquella época:

"Un loco cuesta cada día 4 marcos, un inválido 5'5 marcos, un criminal 3'5 marcos. En muchos casos, un funcionario no cobra más que 4 marcos, un empleado 3'6 marcos, un aprendiz 2 marcos. Calculad cuánto cuestan anualmente los 300000 locos y epilépticos de Alemania.

¿Cuánto se ahorraría el estado si estos individuos fueran eliminados? ¿Cuántos préstamos de 1000 marcos podríamos conceder a matrimonios si pudiéramos economizar ese dinero?"




El mensaje que hay tras ese sencillo problema de matemáticas está claro: Plantar una semilla de odio hacia todo lo que "sobraba" en la Alemania nazi. De esta forma, se conseguía que los jóvenes se indignaran ante el alto precio que costaba mantener a enfermos mentales o parados, y que, al mismo tiempo, pensaran que si éstos eran eliminados, este dinero se podría invertir en fines que los beneficiaban a ellos, como concediendo préstamos a jóvenes matrimonios. Es natural que con este tipo de argumentos, los chicos empezaran a desarrollar el odio del que hacían gala sus gobernantes.

Si observamos la escasa dificultad de este ejercicio, podemos observara que probablemente era resuelto en clases de niños de muy escasa edad. Ya entonces se les empezaba a inculcar esa cultura discriminatoria.

Veamos otro ejercicio matemático que aparece en los libros de texto nazis:

"Entre los tres grupos raciales más importantes de Europa, se detectó el siguiente crecimiento de la población entre 1900 y 1930:

- Población teutónica: De 124 millones a 149 millones.
- Población latina: De 103 millones a 121 millones.
- Población eslava: De 166 millones a 226 millones.

Asumiendo un nivel de crecimiento constante, calcula el crecimiento de estos tres grupos en un período de diez años. ¿Cuál será el porcentaje de población de los tres grupos en el año 1960 si esta tendencia continúa?

¿Qué riesgos para la población alemana puedes percibir si no ocurre un cambio en esta tendencia?"


Es especialmente interesante esta última pregunta. Uno de los rasgos más básicos del nazismo era el intento de que "la raza aria" se mantuviera pura y predominara sobre todas las demás. Los nazis consideraban como un derecho de la raza aria el imponerse sobre el resto y conquistar sus territorios.

Los judíos eran el enemigo absoluto de Alemania, y eran considerados los principales causantes de su decadencia; pero también se desprendía odio hacia cualquier otra raza, por ejemplo hacia los eslavos, como se puede observar en el problema.

El crecimiento de la población de otras etnias era considerado una amenaza. Lo peor de todo es que los niños se encargaban de llegar por sí mismos a esa conclusión tras hacer el ejercicio. Es decir, nadie les decía "los judíos son malos", sino que sus ejercicios de matemáticas (manipulados, por supuesto) hacían que ellos mismos razonaran esa conclusión y llegaran a ella.

Veamos un tercer ejemplo de problema matemático:

"Para la edificación de un manicomio se necesitan 6 millones de marcos ¿Cuántas casas residenciales, a 1.500 marcos cada una, se hubieran podido construir en lugar del manicomio?"

La respuesta es 4000 casas residenciales. Pero el trasfondo ideológico que se esconde detrás de tan sencillo problema es bien distinto a la intención de educar matemáticamente a los niños. De nuevo, se arremete contra enfermos mentales. Todo aquél que no era perfecto racialmente debía de ser eliminado. Desde los que presentaban problemas físicos (como inválidos o deformes) hasta aquellos que simplemente eran diferentes al ideal nazi (por ejemplo, la homosexualidad también se consideraba un problema mental y era tratada en manicomios), todos eran un problema para Hitler y no hacían nada más que suponer gastos para el gobierno.

Es bastante paradójico que una ciencia tan objetiva y alejada de la política como son las matemáticas pudiera ser manipulada de una forma tan vil por Hitler y su gobierno, pero así fue. Durante años, libros de texto llenos de problemas similares sirvieron para formar a juventudes hitlerianas en los ideales políticos del partido nacionalsocialista.

La ciencia nunca puede estar relacionada con una determinada ideología política, pero los tiranos sí pueden aprovecharse de la educación con objetivos más oscuros, como ocurrió con los nazis y las matemáticas.

Para terminar este artículo, dejo un pequeño extracto que Adolf Hitler escribió en su libro "Mi lucha":

"La culminación de toda labor educacional del Estado racista consistirá en infiltrar instintiva y racionalmente en los corazones y los cerebros de la juventud que le está confiada, la noción y el sentimiento de raza. Ningún adolescente, sea varón o mujer, deberá dejar la escuela antes de hallarse plenamente convencido de lo que significa la puridad de la sangre y su necesidad."

NOTA: Este artículo participa en la edición 2.1 del carnaval de matemáticas, organizado por Tito Eliatron.

Fuentes

La educación como instrumento ideológico
La educación en la Alemania nazi
Some Mathematics Lessons from Nazi School Books
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3ª imagen
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Los George Washington inventores

Por todos es conocido el primer presidente de Estados Unidos, George Washington: El Padre de la Patria, como lo llaman allí. Sus éxitos como líder estadounidense en la Guerra de la Independencia y su papel como uno de los presidentes más importantes que ha habido en EE.UU, le han dotado de fama mundial. Su puesto en la historia está asegurado y su persona se ha rodeado de leyendas sobre la honradez y la verdad.

Sin embargo, lejos de este venerado personaje, hay otros dos científicos e inventores homónimos que la historia no ha recordado con tanta intensidad y que sin duda se merecerían un reconocimiento: George Constant Louis Washington y George Washington Carver.

George Constant Louis Washington

George nació en Bélgica en el año 1871. Estudió química en la Universidad de Bonn (Alemania) y finalizó la carrera exitosamente; sin embargo, sus mayores éxitos no vinieron por su trabajo como químico, sino por su prolífica carrera como inventor.

Todo empezó cuando se mudó con su familia a Nueva York. Allí Washington fundó una compañía en los suburbios, la George Washington Lighting Company, la cual era productora de queroseno. El queroseno es un líquido obtenido a partir del petróleo que se usaba antiguamente como método de iluminación en algunos tipos de lámparas, por lo que el negocio no le fue del todo mal. Sin embargo, con el avance de la tecnología y el surgimiento de la lámpara incandescente (que acabaría sustituyendo a la de queroseno), su negocio se fue a pique y tuvo que buscarse una nueva forma de ganarse la vida.

Tras un breve período trabajando en un negocio de cámaras fotográficas, acabó decidiendo su verdadera pasión: Ser inventor. Con veintinueve años de edad y con esposa e hijos, en el año 1900 George Washington se inscribía en el censo de Nueva York como un inventor.

George Washington patentó más de 25 inventos a lo largo de su carrera. Por ejemplo, creó unas pastillas de condimentos para dar sabor de carne a los caldos, hechas a partir de especias, apio y verduras. Esta pastilla de condimentos, bautizada con el nombre de G. Washington's Seasoning & Broth, sigue vendiéndose actualmente

Sus patentes abarcan muchos otros campos, tanto alimenticios como tecnológicos, como la fabricación de cámaras o lámparas. Sin embargo, la patente que le dio fama y reconocimiento mundial fue el invento de algo que seguimos gozando a día de hoy: El café instantáneo.

En realidad, otro químico había logrado presentado antes este invento en una feria de ciencias, Satori Kato. Sin embargo, fue George Washington el que verdaderamente le dio fama e introdujo en el mercado a este producto. Su empresa productora de café instáneo, la G. Washington Coffee Refining Company, gozó de cierto éxito y desplegó una gran campaña publicitaria. El negocio iba a triunfar.

La gran campaña publicitaria que Washington puso en marcha alababa al café instantáneo como algo moderno, puro, bueno para la digestión y muy útil para diversas situaciones. Y, sobre todo, el ejército estadounidense adoptó al café instantáneo con una gran utilidad: A los soldados les venía bien la cafeína, y la rapidez y facilidad del café instantáneo era vital para ellos. Buena prueba de la popularidad que adoptó este café entre los soldados estadounidenses se puede ver en el siguiente fragmento de una carta que mandó un americano desde las trincheras en el año 1918:

Estoy muy feliz pese a las ratas, la lluvia, el lodo, el ruido del cañón y los alaridos de los proyectiles. Lleva sólo un minuto prender mi pequeña lámpara de aceite y preparar café George Washington... Cada noche pido especialmente por la salud y el bienestar del Sr. Washington.

En la Primera Guerra Mundial, como acabáis de leer, tuvo muchísimo éxito entre el ejército americano. Para la época de la Segunda Guerra Mundial su popularidad descendió a causa de la competencia, ya que marcas como Nescafé tuvieron un enorme éxito (se dice que toda la producción de Nescafé en los EE.UU durante la época de la Segunda Guerra Mundial se destinaba al uso militar). De esta forma, el café instantáneo de Washington perdió popularidad, pero mantuvo el honor de ser el primero en comercializarse.

De todas formas, todo hay que decirlo, mucha gente consideraba al café de Washington de baja calidad y de un gusto realmente horrible. Se decía que la publicidad era totalmente engañosa y que, si no fuera una novedad, no tendría nada de éxito. Quizás estas acusaciones sean ciertas, pero hay que tener en cuenta que cualquier producto mejora con el tiempo y que, en aquella época, el café instantáneo de Washington era único en el mundo.

George Washington Carver

Nuestro segundo protagonista es un botánico afroamericano. Nació en una familia de esclavos en la década de 1860 (como esclavo que era, su fecha de nacimiento no fue registrada), en el estado de Misuri. Cuando sólo era un bebé, su madre murió, y él padeció una grave enfermedad conocida como tos ferina. Por suerte, George sobrevivió a la enfermedad, pero ésta dejó graves consecuencias en él: Durante el resto de su vida padeció enfermedades respiratorias y no pudo realizar trabajos físicos.

Por tanto, desde la infancia empezó a interesarse por la botánica: Hacía dibujos de todas las plantas que se iba encontrando, clasificaba las distintas especies, se aprovechaba de los beneficios de las plantas medicinales... De hecho, sus amigos empezaron a llamarle "Doctor de Plantas".

Con el tiempo acabó llegando a la universidad y, tras gran esfuerzo a causa de su origen como afroamericano, se graduó adquiriendo gran fama en la microbiología y las patologías de las plantas. Pero, sin ninguna duda, el responsable de que George pasara a la historia es su afán por inventar y por mejorar con sus inventos la calidad de vida de los esclavos negros.

Y es que, a pesar de haber abandonado completamente del estado de esclavitud con el que nación, nunca olvidó el sufrimiento de sus semejantes en aquellos duros días. En primer lugar, incentivó a los agricultores a aplicar el sistema de barbecho en las enormes plantaciones de algodón. Para ello, fundó un laboratorio de investigación industrial y llevó a Norteamérica muchos nuevos tipos de cultivo.

Pero sus verdaderos inventos vinieron cuando empezó a buscar aplicaciones para los distintos cultivos de cacahuetes y batatas. Se dice que él fue el creador de la mantequilla de cacahuete, pero no la patentó porque el creía que los alimentos no eran algo que pudiera "pertenecer" a los humanos. Descubrió cientos de aplicaciones para estos alimentos (parece que más de trescientos inventos relacionados con el cacahuete y alrededor de 100 relacionados con la batata y otros alimentos).

Sin embargo, era un científico especial: No tomaba notas de lo que hacía, no solía patentar sus inventos, no dejaba escritos ni bocetos sobre sus experimentos... Todo lo guardaba en su cabeza. Esa es la razón de que, a día de hoy, sólo conservemos tres patentes suyas: Una sobre cosméticos y dos sobre pinturas.

En el año 1915, el presidente norteamericano Theodore Roosevelt admiró en público su trabajo y dijo que era uno de los mejores investigadores dentro de la industria agrícola.

Su fama fue tan grande que se dice que el inventor Thomas Alva Edison le había ofrecido un sueldo de 100.000 a 200.000 dólares anuales si trabajaba para él, lo cual rechazó. Y, así, este esclavo negro acabó convirtiéndose en un reputado inventor que llegó incluso a aparecer en sellos. Y, por supuesto, logró cumplir su mayor ambición: Enseñar a sus semejantes negros la forma más fácil de cultivar mediante sus inventos y la tecnología.

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Cuando se usaban los restos de momia como medicina

A lo largo de la historia de la medicina, han surgido numerosas técnicas bastante absurdas de curación que carecen de cualquier base científica. Un buen ejemplo de ello es una loca forma de curación que se extendió por toda Europa durante la Edad Media: Los polvos de momia.

Durante varios siglos, los médicos y curanderos creyeron que las momias tenían efectos curativos. Aproximadamente, esta idea comenzó en el siglo XII, alcanzó su punto álgido a finales de la edad Media, y dio sus últimos coletazos en los siglos XVII y XVIII. A las momias se les atribuían propiedades mágicas y sobrenaturales: Se decía que curaba heridas automáticamente y que soldaba los huesos rotos en cuestión de pocos minutos.

Por supuesto, esta creencia era completamente errónea. Pero, ¿de dónde surgió este malentendido y por qué se popularizó tanto? Lo cierto es que el detonante de todo este asunto fue un simple error de traducción: Los persas eran comerciantes del betún, un líquido negro y viscoso al que se le atribuían también propiedades mágicas y curativas, y al que llamaban en su idioma como "mummia". Cuando los persas vieron por primera vez a las momias egipcias, se dieron cuenta de algo espectacular: Estaban recubiertas de betún, es decir, de su valiosa "mummia".

Lo cierto es que las momias no estaban recubiertas de betún, sino de unas resinas especiales (y bastante similares) que se usaban para mantener el estado de momificación y evitar la degradación del difunto. Sin embargo, los comerciantes persas no se percataron de ello y empezaron a llamar a esa sustancia con el nombre con el que ellos la conocían. Y, por tanto, si su mummia original tenía propiedades milagrosas, la mummia que recubría a las momias egipcias debía de tenerlas también. Así fue como surgió la idea de que las sustancia que recubrían el cuerpo de las momias era curativa.

Sin embargo, el malentendido no quedó ahí: El resto de comerciantes y cazarrecompensas que iban en busca de la mummia confundieron el término y empezaron a aplicarle ese nombre a todo el cuerpo de la momia. Así que, con el tiempo, se acabó usando el término mummia para referirse a la totalidad del cuerpo de las momias. A partir de ahí, el resto de la historia es evidente: Las momias empezaron a adquirir las propiedades sobrenaturales que tenía el betún persa.

Rápidamente, se popularizó el uso de restos de momia como método curativo. Una verdadera fiebre por conseguir momias se extendió entre todos los curanderos de Europa, que convirtieron esta medicina en una muy popular y famosa entre las clases altas. Los cuerpos momificados se trituraban y se molían hasta crear polvos, los cuales eran los que se usaban en los remedios medicinales. Para facilitar su ingestión, estos polvos a veces se mezclaban con vino, miel, agua...

Otras veces, los curanderos eran más directos y aplicaban sencillamente trozos enteros de momias y cadáveres. Otras formas eran crear una pasta negruzca a partir de diversas mezclas para hacerlo más "comestible"...

Por supuesto, una pregunta evidente es: ¿De dónde salían tantas momias? Bueno, cierto es que los saqueadores de tumbas y comerciantes conseguían a menudo momias auténticas, pero otros recurrían a métodos más sucios: Momificaban cuerpos de esclavos, ajusticiados, personajes anónimos o abandonados... De esta forma, los cuerpos momificados de los esclavos sólo se utilizaban para males menores (un leve dolor de estómago, por ejemplo), mientras que las momias de los grandes faraones eran sólo utilizadas para salvar vidas o curar enfermedades muy graves. En definitiva, las momias se convirtieron en todo un negocio.

Esta medicina llegó a gozar de la aceptación de las más altas autoridades. Por ejemplo, se sabe que el rey francés Francisco I de Francia era un usuario habitual de los polvos de momia. En esta época de incultura médica, los polvos de momia fueron uno de los medicamentos más populares (compitiendo con otros tratamientos como la piedra de bezoar, la triaca o el cuerno de unicornio).

Pero no todo fueron halagos para este método de curación. Algunos médicos empezaron a criticarlo y mostraron su descontento con los polvos de momia. Por ejemplo, el cirujano francés Ambroise Paré, uno de los padres de la medicina moderna, criticó ya en el siglo XVI su dudosa funcionalidad. Su actitud crítica respecto a los polvos de momia surgió cuando se enteró de que había un comerciante que vendía momias que había creado él mismo como si fuesen momias de los antiguos faraones egipcios. Esto supuso un gran desengaño para él. El propio Ambroise escribió lo siguiente en sus libros:

"Un día, hablando con Gui de la Fontaine, médico célebre del rey de Navarra, y sabiendo que había viajado por Egipto y la Berbería, le rogué que me explicase lo que había aprendido sobre la momia y me dijo que, estando el año 1564 en la ciudad de Alejandría de Egipto, se había enterado que había un judío que traficaba en momias; fue a su casa y le suplicó que le enseñase los cuerpos momificados. De buena gana lo hizo y abrió un almacén donde había varios cuerpos colocados unos encima de otros. Le rogó que le dijese dónde había encontrado esos cuerpos y si se hallaban, como habían escrito los antiguos, en los sepulcros del país, pero el judío se burló de esta impostura; se echó a reír asegurándole y afirmando que no hacía ni cuatro años que aquellos cuerpos, que eran unos treinta o cuarenta, estaban en su poder, que los preparaba él mismo y que eran cuerpos de esclavos y otras personas. Le preguntó de qué nación eran y si habían muerto de una mala enfermedad, como lepra, viruela o peste, y el hombre respondió que no se preocupara de ello fuesen de la nación que fuesen y hubiesen muerto de cualquier muerte imaginable ni tampoco si eran viejos o jóvenes, varones o hembras, mientras los pudiese tener y no se les pudiese reconocer cuando los tenía embalsamados. También dijo que se maravillaba grandemente de ver cómo los cristianos apetecían tanto comer los cuerpos de los muertos."

A pesar de las numerosas críticas de médicos como Ambroise Paré, este remedio medicinal se siguió extendiendo y cada vez tenía mayor fama. Sus detractores no gozaron de reconocimiento y en la mayoría de los casos eran ignorados.

Otro personaje importante que se mostró en contra fue el famoso escritor español Benito Jerónimo Feijoo, quien escribió lo siguiente entre los siglos XVII-XVIII, cuando esta medicina estaba en sus últimos momentos de vida:

"El que la mumia, aun siendo legítima y no contrahecha, tenga las virtudes que se la atribuyen, es harto dudoso. Unos dicen, que los árabes la pusieron en ese crédito. Gente tan embustera merece poco, o ningún asenso, especialmente si los que acreditaron la mumia hacían tráfico de ella. Otros dicen, que un médico judío, maliciosa e irrisoriamente fue autor de que estimásemos esta droga. Peor es este conducto que el primero; pero como tal vez sucede lo de salutem ex inimicis nostris, la experiencia en materias de medicina, pronuncia sus sentencias con tanta obscuridad que cada uno las entiende a su placer. El célebre Ambrosio Pareó se fundó en la experiencia para condenar esta droga por inútil."

Si leéis con detenimiento el fragmente anterior, podréis ver que esas críticas las hace en base al racismo y a su religión (cristiana). Acusa a los árabes y a los judíos de ser los responsables y, por tanto, determina que es un remedio falso. Estas declaraciones, por tanto, no tendrían mucho mérito a primera vista. Sin embargo, el discurso de Feijoo se hace mucho más interesante en el siguiente fragmento, en el que desmonta científicamente la validez de esta pseudociencia:

"Algunos quieren que aún la mumia, en el último sentido que le hemos dado arriba, tenga sus virtudes. Yo creo, que un cadáver desecado por intenso calor del sol, es duplicado cadáver; esto es, destituido no sólo de aquella virtud que se requiere para las acciones humanas, más también de las que es menester para los exercicios médicos. Es preciso que el sol haya disipado todos sus aceites y sales volátiles: echados estos fuera, ¿qué cosa digna de mucha estimación se puede considerar que quede en aquella tierra organizada? Los cadáveres habían de servir para el desengaño, y los droguistas los hacen instrumentos de la ilusión "

Y es que, al fin y al cabo, la idea de curar con polvos de momia es una locura tan grande como puede ser la de intentar curar con agujas o con agua...

Fuentes

Intimidades de la Historia - Carlos Fisas (Ed. Planeta)
El polvo de momia - Amigos de la Egiptología
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James Lind, el hombre que encontró la cura para el escorbuto

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, una de las enfermedades que afectaba con más frecuencia a los marineros era el escorbuto. Esta temida enfermedad podía llegar a ocasionar la muerte, ya que los síntomas que presentaba iban empeorando con el tiempo.

Los marineros que eran atacados por el escorbuto empezaban a padecer diversas dolencias: Hemorragias, dificultad para cicatrizar heridas, debilidad, manchas en la piel, pequeñas verrugas, encías sangrantes... Todo ello combinado podía acabar con la vida de un hombre en apenas un mes de enfermedad sin tratamiento.

Como todos sabréis ya, el causante de esta enfermedad era la falta de vitamina C, la cual escaseaba en las largas travesías marítimas. Las frutas y verduras frescas, principales portadoras de la vitamina en cuestión, no formaban parte de la dieta habitual en los grandes viajes a través del Atlántico. Esta escasez de vitaminas y la mala calidad de vida en general que padecían los marineros convertían al escorbuto en una enfermedad habitual.

Pero, ¿quién se dio cuenta de que la vitamina C era la causa y, al mismo tiempo, solución de esta enfermedad? El responsable de este descubrimiento que salvó miles de vidas fue James Lind, médico escocés que pertenecía a la Armada Británica. Antes de que él llegara y encontrara la solución, los marineros atribuían la enfermedad a todo tipo de causas disparatadas: El frío del océano, la sangre corrompida, las maderas enmohecidas...

Por supuesto, ninguna de esas hipótesis era cierta, y, por tanto, tampoco se conocía ninguna cura (se había probado desde hacer sangrías hasta tomar grandes dosis de café) . La impotencia de los médicos ante tal enfermedad era total. Lind solía decir que el escorbuto podría llegar a causar más muertes en la flota británica que los ataques de franceses y españoles (este dato no está comprobado, pero sirve para hacerse una idea del terror que causaba la enfermedad).

Pero volvamos de nuevo a la vida de James Lind. Había nacido en Escocia, en el año 1716, y desde muy pronto tuvo afición por la medicina: Había ayudado a otros cirujanos como aprendiz y, más tarde, había estudiado para ser médico en la universidad. Con 23 años empezó a ejercer como cirujano en la marina inglesa y viajó por todo el Mediterráneo y las costas africanas, por lo que conocía a la perfección las enfermedades que surgen en el mar.

En un primer momento, las investigaciones de Lind se basaron en las enfermedades venéreas, para las cuales publicó una tesis e investigó intensamente. Sin embargo, durante una travesía marítima, pudo presenciar un hecho que cambió el rumbo de su investigación: Su barco sufrió un brote de escorbuto y, de los 350 marineros que habían sido afectados, sólo llegaron vivos a tierra 80 de ellos.

Tras este hecho traumático, empezó a preocuparse cada vez más por el escorbuto y decidió ser el encargado de curar a los marineros en el próximo brote de la enfermedad. Y así fue. Unos meses más tarde, recibió a 12 marineros gravemente afectados de escorbuto. Era el momento ideal para hacer sus experimentos, así que empezó a aplicar distintas dietas para ver si influía en el desarrollo de la enfermedad. En su diario médico anotó lo siguiente:

"Todos tenían las encías podridas, manchas en la piel, lasitud y debilidad de las rodillas, y tuvieron la misma dieta: Gachas endulzadas con azúcar, caldo de cordero, budines, galleta cocida con azúcar, cebada, arroz, pasas, sagú y vino. Dos de estos enfermos recibieron diariamente, de forma extra, un cuarto de galón de sidra tres veces al día, otros dos tomaban 2 cucharadas de vinagre tres veces al día. Dos de los más graves recibían media pinta de agua de mar. Otros 2 recibían 2 naranjas y un limón por día. Dos más recibían 25 gotas tres veces al día de elixir de vitriolo. Los dos enfermos restantes tomaban semilla de nuez moscada tres veces al día y una mezcla de ajo, semilla de mostaza, bálsamo del Perú y resina de mirra"

Evidentemente, los enfermos que recibieron una dosis extra de naranjas y limones, cítricos con alto contenido en vitamina C, se recuperaron a una velocidad asombrosa. De hecho, uno de ellos estaba perfectamente curado y listo para volver al trabajo en sólo seis días. Por poner un ejemplo, el limón posee 501,6 mg/L de vitamina C, y cualquier otra fruta similar tendrá un contenido parecido.

A pesar de que una gran parte de animales y plantas son capaces de sintetizar por sí mismos la vitamina C, el ser humano es incapaz de lograrlo, ya que carece de la enzima necesaria para su síntesis.

A pesar de que James Lind no fue el primero que sugirió la ingesta de frutas frescas como prevención y remedio para el escorbuto, fue el primero en demostrar científicamente su eficacia mediante el experimento comentado anteriormente.

Tras hacer este descubrimiento, Lind dejó de viajar e instaló una consulta médica en tierra. Durante ese período, escribió su estudio final sobre el escorbuto, "Tratado sobre la naturaleza, las causas y la curación del escorbuto", el cual publicó en el año 1753.

Por desgracia, la marina inglesa ignoró completamente este estudio, que cayó en el olvido durante largo tiempo. "La peste del mar", que así era como la llamaban los ingleses, siguió siendo algo incurable. No fue hasta el año 1794 (cuarenta años más tarde de las publicaciones de Lind) cuando un segundo experimento confirmó los beneficios de la vitamina C no sólo como cura, sino también como método preventivo: La embarcación Suffolk, dirigida por el almirante Alan Gardner, puso en marcha una dieta basada en grandes dosis de frutas frescas a lo largo de un viaje de 23 semanas hacia la India. En estos viajes de tan larga duración, era prácticamente inevitable que surgiera un brote de escorbuto; sin embargo, gracias al uso del zumo de limón en la dieta de los marineros, la travesía finalizó sin ningún afectado.

Desde ese día, el uso de jugo de limón y naranja fue algo casi obligatorio en cualquier embarcación de la marina inglesa, que acabó reconociendo el trabajo de James Lind.

El doctor Lind murió en el año 1794, dejando tras de sí el remedio para una de las enfermedades más devastadoras de los marineros. Pero eso no fue lo único que hizo para mejorar los viajes marítimos. James Lind mejoró notablemente la calidad de vida de los marineros, que vivían en un medio sucio y hostil: Logró que se les concediera una ropa adecuada y seca, presionó para que se realizaran fumigaciones y limpiezas en los barcos...

Y más importancia tiene su descubrimiento si tenemos en cuenta que, en su época, todavía no estaba descubierta la vitamina C. Elaboró toda su teoría basándose en sus experimentos. El descubridor de esta vitamina fue el húngaro Albert Szent-Györgyi (a quien podéis ver en la imagen izquierda). Este científico (ganador de un premio Nobel) fue el que finalmente confirmó, en la primera mitad del siglo XX, los experimentos de Lind mediante sus estudios sobre la vitamina C y su relación con el escorbuto.

A día de hoy, gracias a los precisos y sólidos argumentos de Lind y a la confirmación "completa" por parte de Albert, el escorbuto es una enfermedad mucho menos temida y más fácil de tratar.


Fuentes

James Lind, vencedor del escorbuto - Página cultural
James Lind - Wikipedia (English)
Escorbuto - Wikipedia
Escorbuto, al enfermedad de los marineros - Club de los historiadores
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Bouncing Bombs, las bombas que saltaban en el agua

Imaginad por un momento que estamos en la Segunda Guerra Mundial, en la noche del 16–17 de Mayo de 1943. Formamos parte de un batallón nazi encargado de vigilar una de las numerosas presas que regulan las aguas de Alemania. En ese momento, de repente, vemos una especie de cilindro gigante que avanza vertiginosamente... ¡Saltando en el agua! Atónitos y sin poder hacer nada, observamos que ese cilindro mágico va a parar a los pies de la presa y, entonces, ¡Buuuum! Las Bouncing Bombs han cumplido su misión, la presa empieza a desmoronarse.

Exacto, estamos hablando de un invento decisivo en la Segunda Guerra Mundial, un invento que decidió el destino de una importante batalla librada entre los ingleses y los nazis. Volvamos al presente y veamos de qué se trata. Antes de nada, observad la aclaradora imagen que veis a continuación:


¿Fácil verdad? Inventadas por el ingeniero inglés Barnes Wallis con el objetivo de saltar las redes acuáticas antitorpedos, estas maravillas tecnológicas supusieron la victoria inglesa en la Operación Chastise, cuyo objetivo era destrozar las presas del valle del Ruhr e inundar así las tierras de cultivo y la industria alemanas.

Estas bombas tenían una forma cilíndrica y estaban cargadas con nada más y nada menos que con 2,990 kg de un potente explosivo llamado Torpex. Su funcionamiento se basa en que, mientras estaban en los aviones que las transportaban (unos bombarderos Lancaster), un motor las hacía girar sobre su eje longitudinal a 500 rpm. Al soltarlas, iban saltando sobre el agua a una altísima velocidad y así evitaban las redes antitorpedos que estaban instaladas. Al llegar a la presa, chocaban y se hundían hasta el fondo. Allí, debido a la presión, saltaba un sistema de fusibles que la hacía estallar en la propia base, en el punto crítico.

Pero no estamos hablando de cualquier bomba. A vuestra derecha podéis ver su tamaño comparado con el de un hombre, es algo colosal. Atentos a las especificaciones técnicas: 4195 kg de peso, 152 cm de longitud y 142 cm de ancho.

Un punto importante en esta planificación tecnológica es que los cilindros giraban hacia atrás. ¿Y por qué es importante? Porque gracias a esa forma de moverse, cuando llegaban a la presa chocaban y caían al fondo; si en vez de eso estuvieran girando hacia delante, pasarían por encima de ella y no servirían de nada. Es un dato simple pero esencial.

Otro punto importante es que los aviones debían volar muy cerca del agua, apenas a 30 metros de altitud. Principalmente, esto se hacía para evitar los radares y las armas antiaéreas que protegían las presas alemanas. Llevaba un gran peligro, ya que había posibilidad de que la bomba derribara al propio avión al ser soltada y rebotar, pero era necesario también para que las Bouncing Bombs funcionaran correctamente y rebotaran hasta la zona determinada. Era necesario correr riesgos.

Bueno, ya que hemos terminado con la teoría, pasemos con la práctica. A continuación, os dejo un vídeo con prácticas realizadas por el ejército inglés y, después, veremos la misión militar en las que se usaron.



Ahora que ya conocemos a las Bouncing Bombs en profundidad, cabe preguntarse ¿y para qué se usaron, en qué misión? En la Operación Chastise, en la cual fueron las grandes protagonistas.

La Operación Chastise

En la noche del la noche del 16 al 17 de Mayo de 1943, un grupo de 133 hombres al mando de 19 bombarderos Lancaster formaron el Escuadrón No.617.

El objetivo de este escuadrón era el de derribar las presas de Möhne, Eder, Sorpe, Diemel, Ennepe y Lister, para así inundar el valle de Ruhr, una de las zonas en las que se concentraba gran parte de la agricultura e industria alemanas.

A pesar de que no se rompieron todas las presas, la operación fue un éxito, y se vertieron un total de 330 millones de toneladas de agua en el valle, inundando a su paso minas, casas, fábricas, carreteras y puentes.


Como podréis ver bajo estas líneas, las presas fueron gravemente dañadas y supusieron un gran gasto y un parón económico. Las reparaciones se prolongaron durante nueve meses de trabajo, en los cuales se produjo la pérdida económica prevista y un ánimo renovado para el ejército inglés, que había completado una misión con un rotundo éxito.


Para los aficionados al cine, hay una buena noticia: Esta misión tiene su propia película, llamada The Dam Busters, rodada en 1955. Así que, para terminar este artículo, os dejo con un extracto de 10 minutos de la película en la que se puede ver cómo fue realmente la batalla, con fuego antiaéreo persiguiendo constantemente al escuadrón y con la necesidad de volar muy bajo y cerca del objetivo para que funcionaran bien las bombas(la presa se derrumba al final, después de recibir cuatro impactos):



Fuentes
-Bouncing Bombs - 1001crash.com (English)
-Bomba de rebote - Wikipedia
-Bouncing bomb - Wikipedia (English)
-Operation Chastise - Wikipedia (English)
-Operación Chastise - Exordio
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