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¿La guerra biológica es un invento moderno?

Si hablamos de la guerra biológica, seguro que todo el mundo piensa en virus y microorganismos desarrollados en avanzados laboratorios, en sofisticadas armas de espías... Sin embargo, la guerra biológica no es algo tan moderno como comúnmente se piensa. De hecho, ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes. La idea de imitar a la naturaleza en el uso de plagas, epidemias y enfermedades ha estado en la mente del hombre antes incluso del gran desarrollo de la microbiología y biotecnología que se ha dado en los últimos siglos.

Antes de nada, es necesario dejar claro un par de conceptos: Un arma biológica es cualquier organismo patógeno que se usa como arma de guerra (por ejemplo, bacterias y virus), algo que no se debe confundir con arma química (guardan parecidas, pero las armas químicas son organismos no vivientes, como por ejemplo toxinas). Las armas biológicas son consideradas armas de destrucción masiva.

Como íbamos diciendo, la historia de la guerra biológica se remonta siglos y siglos atrás. Aunque las técnicas más primitivas eran muy rudimentarias, no por ello eran poco efectivas. El primer caso documentado de uso de un arma biológica lo encontramos entre los años 1500-1200 a.C, cuando los hititas recogieron a víctimas y fallecidos por la peste y los llevaron a las tierras enemigas para que se extendiera la enfermedad. Esta técnica, la de transportar enfermos a tierras enemigas, era una manera ideal de atacar al mismo tiempo a soldados y a la población civil.

También era popular el envenenamiento de pozos y reservas de agua. Por ejemplo, en el año 590 a.C, durante las Guerras Sagradas de Grecia, los atenienses envenenaron pozos con la planta venenosa eléboro. También se sabe que los romanos y los sirios solían tirar animales en proceso de putrefacción para transmitir bacterias y microorganismos al agua.

Una técnica más enfocada a atacar a un individuo en concreto y no a una población en general era la que solían usar los pueblos escitas ya en el siglo VI a.C. Sumergían las puntas de sus flechas en algún tipo de sustancia patógena (veneno de serpiente, heces...) para que infectaran la herida del enemigo al que alcanzaban, potenciando así mucho más el poder de las flechas.

Y, hablando de venenos, no nos podemos olvidar de dos animales que fueron usados con muchísima frecuencia: Las serpientes y los escorpiones. En más de una ocasión, los romanos se encontraron con enemigos que usaban vasijas llenas de serpientes o escorpiones, las cuales eran lanzadas contra ellos para provocar no sólo bajas, sino también el miedo y la desconcentración.

En la Edad Media, como era de esperar, la gran protagonista de los ataques biológicos fue la peste bubónica. Por poner un ejemplo, cuando los mongoles asediaron la ciudad de Caffa en el siglo XIV, cogieron a los fallecidos por la peste negra y los lanzaron con catapultas por encima de las murallas de la ciudad. También existía una versión más "light" del ataque, en la que se lanzaban las ropas y pertenencias de los enfermos. Quizás la efectividad de estos ataques no fuera la esperada (el mayor foco de transmisión de la peste eran las pulgas con ayuda de las ratas negras, y no por contacto con los muertos), pero teniendo en cuenta la gran cantidad de supersticiones y desconocimiento que había en aquella época, seguramente infundía un terror enorme.

El mecanismo de "inundar" una ciudad asediada por medio de catapultas no se realizaba sólo con fallecidos por la peste. También se solían tirar excrementos, estiércol y cualquier cosa que pudiera provocar infecciones, enfermedades y, también hay que tenerlo en cuenta, malestar general.

Uno de los intentos de guerra biológica más potentes y despiadados fue el que realizó el general inglés Jeffrey Amherst contra los nativos americanos entre los años 1754-1767. Con el objetivo de (según sus propias palabras) "extirpar a esta raza execrable", les repartió a modo de regalo las mantas que habían usado los ingleses enfermos de viruela (por supuesto, los nativos creían que eran mantas en perfecto estado que se daban como muestra de paz). Dado que los americanos carecían de anticuerpos contra esta enfermedad, fue cuestión de días que se propagara una epidemia que acabó con la vida de más de 100000 personas. La idea de este plan está perfectamente reflejada y bien documentada en unas cartas que Jeffrey Amherst intercambió con el coronel Henry Bouquet, aunque, todo hay que decirlo, algunos historiadores creen que ese brote de viruela pudo haber surgido antes por otros medios, dejando inválido el ataque (hay mucha discusión al respecto).

En la época de colonizaciones de zonas americanas y del Pacífico, sucesos como el relatado anteriormente se sucedieron de forma regular, debido principalmente a la falta de defensas de los nativos frente a nuevas enfermedades.

Sin embargo, y como era de esperar, durante el siglo XX la guerra biológica alcanzó un nivel muchísimo mayor de sofisticación, gracias al avance de la microbiología. Durante las dos guerras mundiales se desplegaron algunas modernas técnicas nunca antes vistas.

Quizás el caso más espectacular se dio en Japón. Uno de los primeros hombres que aprovechó el mejor entendimiento de la microbiología para desarrollar armas biológicas fue Shirō Ishii, japonés que dirigió el Escuadrón 731. Este escuadrón es considerado a día de hoy como el responsable de uno de los mayores crímenes de guerra, semejante al del exterminio nazi. Allí se llevaron a cabo innumerables experimentos de guerra bacteriológica sobre sus prisioneros. Los japoneses centraron su investigación en enfermedades como la cólera, la viruela, el botulismo... Incluso desarrollaron "bombas" que extendían estas enfermedades allí donde caían. También fueron los responsables de envenenar alrededor de 1000 pozos en China en época de guerra. Por supuesto, este escuadrón acabó disolviéndose y fue denunciado por la ONU.

Evidentemente, como respuesta a los japoneses el resto de superpotencias también desarrollaron un gran armamento biológico, como el ántrax o el muermo. Este tipo de armas cada vez se asemejaron más a las que todos conocemos habitualmente, por lo que no merece la pena extenderse demasiado.

Sí que es curioso mencionar una anécdota ocurrida en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Los ingleses, que habían centrado su investigación en el ántrax, decidieron hacer una prueba y bombardear una isla escocesa llamada Gruinard. Ochenta ovejas fueron llevadas a la isla para comprobar los efectos que tenían las bombas. ¿El resultado? Murieron todas. Pero eso no fue todo: Tras los experimentos, el grado de contaminación fue tal que se prohibió visitar la isla durante años, y tuvo que llevarse a cabo un plan de descontaminación para eliminar los restos de la plaga. Hoy en día se conservan algunos vídeos del experimento.

Durante la Guerra Fría, también se intensificaron las investigaciones en armas biológicas, e incluso algunas se realizaron de forma secreta. Un experimento destacable fue el llevado a cabo por EEUU en 1966 que, para probar la seguridad de sus instalaciones, liberó en el metro de Nueva York la bacteria Bacillus subtilis. Los resultados del experimento demostraron que la liberación de un organismo en una sola estación podían infectar todo el sistema subterráneo. Por suerte, esto fue sólo una prueba; pero una versión real de este experimento ocurrió en el año 1995, en Tokio, cuando el grupo terrorista Aum Shinrikyō liberó en la estación de metro gas sarín, provocando la muerte de 25 personas (el gas sarín es un arma química y no biológica, pero sirve para ilustrar a modo de ejemplo el alcance que podría haber tenido el experimento de Nueva York si se realizara de verdad).

El uso de armas biológicas está a día de hoy terminantemente prohibido por las Naciones Unidas. La Convención de Armas Tóxicas y Biológicas, la cual más de 137 países habían firmado ya en 1996, prohíbe el “desarrollo, producción y acumulación de microbios o sus productos venenosos excepto en cantidades necesarias para protección y exploración pacífica.”

En definitiva, por todo lo que hemos estado comentando y por muchas cosas más, podemos afirmar con seguridad que la guerra biológica no es en absoluto algo que haya aparecido en tiempos modernos.


Nota: Este post participa en la tercera edición del carnaval de biología, que organiza el blog "El Pakozoico".

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Frederick Sanger, el único hombre en ganar dos premios Nobel de química

Hace unas pocas semanas, publiqué en este mismo blog una pequeña biografía sobre John Bardeen, el único hombre que ganó dos premios Nobel de física. Aquél artículo lo comenzaba con una frase bastante desalentadora: "La historia de la ciencia no siempre es justa con sus protagonistas". Es triste, pero realmente pienso que es cierto y por eso vuelvo a repetir esa frase. Y, como muestra de ello, hoy os traigo otra de esas grandes mentes de la ciencia cuyos fantásticos logros no están coordinados con su fama popular: Frederick Sanger, el único hombre en ganar dos premios Nobel de química.

Sanger nació en 1918, en un pequeño pueblo inglés de la provincia de Gloucestershire. Hijo de un médico, pasó una infancia bastante acomodada: En su familia no solía escasear el dinero y, de hecho, contrataron un profesor particular para que recibiera una buena educación desde niño. Cuando empezó a ir a la escuela, enseguida le cogió cariño a sus profesores y tomó predilección por las asignaturas científicas, que era su pasión.

Es evidente que el joven Sanger acabaría estudiando ciencia en la universidad. Al principio le gustaba la química, la bioquímica, las matemáticas y la física. Sin embargo, por unas razones u otras, acabó abandonando las matemáticas y la física para acabar dedicándose enteramente a la química y, en especial, a la bioquímica.

Durante sus estudios en la universidad, sus dos padres murieron de cáncer. Pero, por suerte, Sanger continuó adelante y con sólo 22 años empezó su investigación de doctorado. Su tesis, titulada "The metabolism of the amino acid lysine in the animal body", investigaba el metabolismo de la lisina (un aminoácido bastante interesante, de hecho, casi ningún animal puede sintetizar la lisina). Tres años más tarde, en 1943, conseguía finalmente su título de doctorado.

Desde que se doctoró, la carrera de Sanger no ha parado de traer enormes éxitos y descubrimientos que le acabarían haciendo merecedor de dos premios Nobel. Sus aportes no sólo a la química, sino también a la biología, permitieron un avance enorme de la genética y la bioquímica. Principalmente, sus hitos fueron tres, los cuales iremos viendo detenidamente a lo largo del artículo: El descubrimiento de que las proteínas tienen una estructura definida, investigaciones sobre el ARN y un método de secuenciar el ADN.

El primer gran proyecto de Sanger tras su doctorado fue unirse al grupo de investigación del químico proteínico Charles Chibnall. Allí fue donde Sanger descubriría uno de los hechos más importantes de la bioquímica del siglo XX. Todo comenzó con el estudio de la insulina bovina (la cual es muy parecida a la humana, apenas difiere en tres aminoácidos), una proteína de fácil estudio, ya que por aquella época ya se conocían su composición química y se podía obtener en un estado bastante puro.

La proeza de Sanger fue determinar la secuencia completa de aminoácidos, así como su ordenación, de la insulina bovina en el año 1951.

Este descubrimiento es mucho más importante de lo que pueda parecer a simple vista: Durante aquella época, se pensaba que las proteínas era algo amorfo. Con el descubrimiento de Sanger, quedó claro que en realidad todas las proteínas tenían una estructura específica y única. El proceso para llegar a estas conclusiones fue bastante ingenioso: Sanger degradó la insulina en pequeños fragmentos a base del uso de enzimas, y, gracias a determinadas reacciones químicas, consiguió formar una especie de "huella dactilar" (como él mismo la llamó) de la estructura de la proteína (un patrón característico formado por los diferentes fragmentos, los cuales se organizaban según su solubilidad y carga eléctrica).

Gracias a Sanger, la idea de las proteínas amorfas quedó completamente desechada, abriendo así un nuevo campo de investigación bioquímico que ha tenido grandes avances en el siglo XX y que sigue siendo de enorme importancia en el XXI.

Todas estos descubrimientos quedaron recompensadas con un premio Nobel de química en el año 1958, concedido "por su trabajo en la estructura de las proteínas, especialmente la de la insulina".

La obtención del Nobel no hizo que Sanger dejara de lado sus investigaciones, sino que las retomó con más fuerza aún. En el año 1962, se convirtió en uno de los jefes de investigación del laboratorio de biología molecular de Cambridge (en concreto, y como es evidente, se encargó del grupo de investigación de química proteínica). Allí, empezó a investigar el ARNt (ARN transferente, indispensable en el transporte de aminoácidos hasta los ribosomas y la formación de proteínas).

Allí se centró en estudiar las posibilidades de secuenciación de las moléculas del ARN. De todas formas, estas investigaciones no tuvieron tanto éxito como las de las proteínas y pronto acabó cambiando de objetivo: La secuenciación del ADN, un objetivo ambicioso pero que sería de enorme utilidad a la genética.

Tras muchas investigaciones, Sanger consiguió crear un método bastante eficaz en el año 1975 para secuenciar el ADN, el cual es llamado (en su honor) "Método Sanger".

Este método se basaba en una función natural del ADN: La replicación (la famosa duplicación de las cadenas que aparece en cualquier libro de biología). El ADN que se desea secuenciar se tiene que duplicarse en cuatro tubos de reacciones, ya que el ADN tiene cuatro bases nitrogenadas (adenina, citosina, guanina y timina).

Gracias a una serie de reacciones químicas, en cada uno de los tubos se producen cadenas de ADN de distintas longitudes. Para entenderlo de una forma fácil, hay que pensar en cuatro experimentos paralelos, cada uno con la misma cadena de ADN. En cada uno de ellos, se añade un nucleótido especial que detiene la replicación cuando se encuentra con una determinada base. Por ejemplo, en uno de los tubos encontraremos fragmentos cuya última base es una adenina, en otro fragmentos cuya última base es una citosina, etc. Mediante este proceso se acabará consiguiendo conocer la secuencia de ADN,

Nada mejor que ver un vídeo ilustrativo para entender este método. Es bastante esclarecedor y permite continuar centrándonos en la vida de Sanger si tener que perdernos en largas explicaciones sobre su método de secuenciación:



El mismo Sanger puso a prueba su método con excelentes resultados. En 1977, consiguió secuenciar completamente el genoma del bacteriófago Phi-X174, convirtiéndose así en el primer organismo cuyo genoma fue secuenciado. Tiene una cantidad muy pequeña de ADN, pero aún así es un logro de enorme importancia simbólica.

Por supuesto, si por algo destaca el descubrimiento del método de Sanger, es por su vital importancia en el Proyecto Genoma Humano, cuyo objetivo ya conseguido era secuenciar el genoma del ser humano.

Como recompensa por todos estos descubrimiento, en el año 1980 recibió su segundo Nobel de química "por sus contribuciones acerca de la determinación de secuencias de bases en ácidos nucleicos", convirtiéndose así en la primera persona en gozar de dos Nobel de química en su historial.

A día de hoy, Frederick Sanger sigue vivo, pero retirado de la investigación científica. Tras su brillante carrera, decidió retirarse a los 65 años de una forma tranquila, viviendo con su mujer y dedicándose a la jardinería (una de sus aficiones favoritas, por lo que parece). Una anécdota interesante sobre Sanger es que, cuando le ofrecieron ser nombrado caballero, lo rechazó porque no quería que le llamaran "Sir" (aunque más tarde acabó aceptando una orden de mérito).

Una leyenda viva cuyo éxito nunca pasó del ámbito científico y que, injustamente, es menos conocido que otros bioquímicos o biólogos como Watson y Crick, pero que merece el mismo enaltecimiento.

Esta entrada participa en la segunda edición del carnaval de química, que organiza este mismo blog. También participa en la primera edición del carnaval de biología, que organiza Micro Gaia.

Fuentes

Frederick Sanger - Wikipedia (English)
El único hombre vivo con 2 premios Nobel - Tall & Cute
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Ciencia en la cocina: Refutando la generación espontánea desde la cocina

La cocina es uno de los mejores lugares para experimentar todo tipo de fenómenos científicos. Podemos encontrar procesos biológicos, químicos, físicos... A sabiendas de ello, la autora del blog Mondo Médico lanzó una iniciativa en Twitter para que habláramos sobre cualquier aspecto científico aplicado al mundo de la cocina. Este artículo es mi respuesta a su propuesta.

Si trabajamos a menudo en la cocina, seguramente en algún momento habremos visto alimentos podridos y llenos de moho. Y, si pasamos por vertederos o lugares donde se haya tirado materia orgánica, veremos gusanos y moscas alrededor. A día de hoy, esto no representa ningún misterio, pero durante siglos fue una de las grandes preguntas de la ciencia: ¿De dónde venían estos pequeños seres vivos?

Aunque parezca disparatado, la primera teoría que surgió para demostrar este hecho fue la generación espontánea, la cual decía que podía surgir vida animal y vegetal a partir de materia inerte o restos orgánicos. Es decir, según esta teoría obsoleta, si dejamos un trozo de carne al aire libre, surgirán gusanos a partir de ella. O, si un cuarto se llena de humedad, aparecen hongos de forma mágica a partir de esa humedad.

Al fin y al cabo, tenía bastante lógica: Si surge vida a partir de un trozo de comida y no hemos visto a ningún organismo que la introduzca, evidentemente debe de ser creada directamente a partir de la propia comida en descomposición. Esta teoría fue propuesta por grandes pensadores de la Antigüedad, y uno de sus principales defensores era Aristóteles. Fue él quien estableció con claridad las bases de esta idea: Los insectos y los peces surgían a partir de elementos como el sudor, la humedad, el rocío o el fango.

En sus escritos, Aristóteles decía que gran cantidad de insectos venían de las plantas en descomposición. Por supuesto, también tenía en cuenta la reproducción sexual, como demuestra al hablar de ciertos tipos de peces: "Ponían sus huevas entre mediados de noviembre y diciembre (...) Sin embargo, algunas de estas especies no son producidas a partir de la cópula, sino que se generan espontáneamente a partir de barro y arena".

Esta idea caló profundamente en el pensamiento de la sociedad y se tomó como cierta durante muchísimos años. Por ejemplo, muchos siglos después de que Aristóteles propusiera su teoría, en el siglo XVII el científico Jan Baptista van Helmont inventó una "receta" para crear ratones por ti mismo mediante la generación espontánea:
Basta colocar ropa sucia en un tonel, que contenga además unos pocos granos de trigo, y al cabo de 21 días aparecerán ratones

Quizá alguno se esté preguntando: ¿Qué tiene que ver la generación espontánea con la iniciativa que os he planteado al principio sobre la ciencia y la cocina? La respuesta es bien sencilla: Mediante la gastronomía y desde nuestra propia cocina podemos demostrar que la generación espontánea es una falsa creencia. De hecho, tenemos varios métodos para hacer este experimento: El clásico experimento del moho del pan, la fecha de caducidad del yogur y la leche, y, por último, mediante... un caldo de carne.

El primer experimento que os propongo es muy fácil de realizar, y se basa en modificar las variables que afectan al crecimiento del moho. En primer lugar, cogemos varios trozo de pan blando (y que, a ser posible, no contenga conservantes). Uno de ellos lo colocaremos en un plato al aire libre, y otro lo envolveremos en un plástico que lo deje completamente aislado del exterior.

Si en verdad la generación espontánea fuera cierta, el moho crecería en ambos panes al cabo de unos pocos días. Sin embargo, se produce una contradicción: El pan situado al aire libre está lleno de moho mientras que el pan envuelto está intacto.

Esto demuestra que la generación del moho no es espontánea, sino que se da mediante esporas, unas células reproductoras asexuales que acaban formado un nuevo individuo. Como el pan envuelto en plástico estaba aislado del exterior, las esporas no pudieron llegar a él y el moho no creció.

A partir de este experimento, podemos determinar muchas de las variables que afectan al crecimiento del moho. Por ejemplo, si ponemos un trozo de pan en un ambiente cálido y otro en un ambiente frío, ¿cuál crecerá antes? Como se puede comprobar, el pan situado en un ambiente cálido desarrollará el moho muchos antes que el pan situado en el ambiente frío, ya que el moho tiene más posibilidades de crecer en lugares con temperaturas normales o altas.

Otra variable que podemos comprobar es cómo afecta la humedad al moho. Situad un trozo de pan en un plato mojado (que tenga una capa de agua, pero tampoco demasiada) y otro en un plato seco. Los resultados son de nuevo aplastantes: El moho situado en el plato mojado crece mucho mejor que el del plato seco, porque la humedad favorece su desarrollo.

Pero dejemos el pan, vamos a centrarnos ahora en la leche y los yogures. Como todos sabréis, el yogur se forma a partir de la fermentación de la leche, mediante la cual unas bacterias transforman la lactosa en ácido láctico. Ahora bien, os planteo una pregunta: ¿Si la leche es infectada por cualquier tipo de bacterias se convierte en yogur? Si la respuesta a esta afirmación fuera cierta, podríamos crear nuestro propio yogur dejando un poco de leche al aire libre. Evidentemente, esto no es así.

Para crear un yogur, es necesario introducir en la leche unas bacterias muy específicas a un ambiente muy determinado en un laboratorio. Las bacterias introducidas en él son benignas y no afectan a nuestro organismo, tales como la Streptococcus thermophilus, Lactobacillus bulgaricus, Lactobacillus casei, Bifidobacterium... Todas ellas convierten la leche en el yogur y le otorga un determinado nivel de acidez (provocado por la fermentación).

De hecho, si intentamos crear yogur a partir de un poco de leche sin más (dejándola al aire libre y esperando a que crezcan bacterias), lo que lograremos crear será un producto nocivo para la salud. A esta leche en malas condiciones le empezarán a afectar unas bacterias conocidas como Pseudomonas, las cuales descompondrán las proteínas mediante un proceso llamado putrefacción. Esto le dará a la leche un olor horrible y, en caso de beberlas, estas bacterias podrán instalarse en nuestro intestino y provocar una grave enfermedad.

Además, si la dejamos todavía más tiempo, otro tipo de bacterias atacará a las grasas (enranciamiento de las grasas) y la leche tomará todavía un aspecto mucho peor y desagradable, provocando una verdadera fiesta mohosa.

Por el contrario, las bacterias del yogur son totalmente inofensivas y, además, lo previenen de infecciones bacterianas. Esto es a causa de que el proceso de fermentación dota al producto de una mayor acidez según pasa el tiempo. Por tanto, mientras un yogur permanezca cerrado, será más seguro para nuestro organismo a cada día que pase, ya que será más ácido y, por tanto, más hostil frente a las bacterias que pudieran atacarlo.

Esta gran diferencia entre una leche caducada y un yogur dejan en evidencia la falsedad de la generación espontánea, ya que sería ilógico que de un mismo alimento surgieras dos formas de vida tan diferentes. Mientras que la fecha de caducidad de la leche se debe cumplir con la mayor exactitud posible y hay que tener cuidado con ella, la fecha de caducidad del yogur es una simple recomendación para que el producto no sea ácido al gusto y no se asocie a esa marca con unos yogures ácidos. Un yogur que lleve caducado unas semanas no suele afectar negativamente al organismo (aunque tomará un sabor ácido poco agradable) ya que su acidez ha protegido al alimento de las infecciones (tampoco es recomendable tomarse un yogur que lleve un año caducado, claro está); mientras que un cartón de leche que lleve unas semanas caducada puede provocar graves consecuencias.

Vayamos ahora con el último experimento propuesto: Refutar la generación espontánea mediante un caldo de carne. Esta propuesta, aunque parezca la más extraña, fue la realizaba por Louis Pasteur en el siglo XIX y acabó finalmente con el debate sobre la generación espontánea. Para ello, Pasteur cocinó un delicioso y nutritivo caldo de carne. Después de hacerlo hervir para eliminar cualquier bacteria o microorganismo que tuviera, metió el caldo en dos matrices de cuello de cisne.

Este tipo de matrices son los que podemos ver en la imagen de la izquierda, unos recipientes de cristal que poseen un cuello muy alargado y con forma de "S", el cual se va haciendo cada vez más y más fino. Gracias a su peculiar forma, el tubo permitía pasar al aire pero evitaba que pasara cualquier bacteria (los microorganismos se quedaban en la parte baja del tubo).

Tras un tiempo de espera, Pasteur se dio cuenta de que ninguna de las dos muestras había desarrollado moho, ambos caldos estaban intactos. Para finalizar el experimento, rompió el cuello de uno de los matraces, el cual fue infectado rápidamente por una gran multitud de mohos, mientras que la sopa situada en el otro matraz seguía perfectamente intacta.

De esta forma, Pasteur eliminó por completo cualquier creencia sobre la generación espontánea mediante un rico caldo y, desde entonces, se tiene total certeza de que cualquier ser vivo procede de otro ser vivo.

Fuentes

Teoría de la generación espontánea - Wikipedia
Hoy me he comido un yogur caducado - Ciencia Online
La "mala leche" puede matar - Ciencia Online
Experimento del moho del pan
1ª imagen
2ª imagen
3ª imagen
4ª imagen
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Animales que ya no podemos ver (13ª y última parte) Animales varios

Nuestra serie sobre animales extintos está llegando a su fin. Tras 12 entregas, en las que hemos hablado de muy diferentes animales extintos por causas totalmente dispares, es la hora de ir cerrando este pequeño apartado del blog.

Sin embargo, existen otros muchos animales extintos llenos de interesantes anécdotas por contar. Por unas causas u otras, no tienen características lo suficientemente "únicas" como para dedicarles un artículo a cada uno, pero se merecen un pequeño recordatorio.

Quizás sea por culpa de que son una subespecie de un animal que existe en la actualidad, o porque quizás los científicos no tienen suficientes datos sobre él, los animales de los que voy a hablar a continuación no tienen suficientes características especiales como para hacer de ellos un artículo tan extenso como los anteriores, pero sí que se merecen una pequeña mención.

Muchos de los animales de los que voy a hablar hoy han sido recomendados por los propios lectores de este blog, así que también haré una mención especial al final del artículo agradeciéndolo a aquellos que han participado. Dicho esto, comencemos:

Xenicus lyalli

El Xenicus lyalli era un pequeño pájaro rechoncho, de cola y alas cortas e incapaz de volar. Era bastante inofensivo y, como podréis adivinar por sus características, incapaz de defenderse. Esto no fue un gran problema para su supervivencia, ya que vivía únicamente en un islote muy pequeño, cerca de las islas principales de Nueva Zelanda, la "isla Stephens". Sin embargo, a finales del siglo XIX, se instaló un faro para mejorar la navegación de los barcos que pasaran por allí. Únicamente fueron a vivir a la isla el guardián del faro D. Lyall y su gato.

Un día, mientras Lyall cumplía con su rutina, vio a su gato cazando a unos pajarillos. Estos pájaros recién descubiertos resultaron ser los Xenicus lyalli, y acaban de extinguirse por culpa del gato. En total, el guardián del faro le quitó 13 especímenes a su gato y le envió la mitad al zoólogo Lionel Walter Rothschild para que los investigara. Según la leyenda, desde ese día no se ha vuelto a ver a esta especie. Es uno de los pocos animales que se extinguieron al mismo tiempo de ser descubiertos. Su población debía de ser increíblemente baja, ya que no se ha detectado algo similar en ninguna parte del mundo, y el gato (supuesto extintor de toda una especie) sólo cazó 13 pájaros.

Sin embargo, estudios recientes demuestran que, aunque esta especie está extinta, el gato del guardián del faro no fue el único responsable. Al parecer, esta bonita leyenda no es del todo cierta, ya que durante años posteriores otros gatos cazaron a más Xenicus lyalli hasta llevarlos a la extinción.

Oso de las cavernas

El oso de las cavernas, de nombre científico Ursus spelaeus, fue una extinta especie parecida al oso actual que vivió en Europa durante el Pleistoceno. Era un oso bastante grande, con unos 130 cm de altura a la cruz (es decir, la altura desde los pies hasta el hombro cuando está a cuatro patas) y llegando hasta los 3 metros en posición erguida. En el caso de los machos, el peso rondaba los 500 kilogramos.

Aunque pueda tener muchas semejanzas con el oso pardo actual (animal con el que convivieron), el oso de las cavernas también tenía sus diferencias. Por ejemplo, el morro del oso cavernario era menos destacado y su frente estaba considerablemente más hundida. Sus patas delanteras eran más largas y poderosas que las traseras, como se puede observar en la ilustración. Y, según indican sus poderosos molares, tendía a ser más herbívoro que carnívoro, aunque se alimentaba de ambas formas. Al igual que los osos actuales, también hibernaba y solían vivir de forma solitaria.

Los humanos y neandertales cazaron a este animal de forma regular, aunque con poca intensidad (principalmente, por la dificultad de enfrentarse a un macho de gran tamaño). Sin embargo, la causa de su extinción fue un cambio climático producido hace 27.800 años, el cual afectó gravemente a su hábitat. También es digno de mencionar que, en unas cuevas antiguamente habitadas por neandertales, se han encontrado excavaciones en las paredes que cumplían la función de un sarcófago. Sin embargo, en su interior estaban situados los cráneos de unos osos cavernarios en fila, por lo que se sospecha que los neandertales podrían haber rendido algún tipo de culto a este animal.

León europeo

El león europeo es una subespecie del león actual, por lo que guarda muchos parecidos con los que podemos ver a día de hoy (de hecho, hay quien lo considera dentro de la subespecie del león asiático, debido a sus grandes semejanzas). Habitaban el sur de Europa hace miles de años, en zonas como la Península Ibérica, Italia, el sur de Francia o los Balcanes.

Este animal fue bastante famoso en la época del Imperio romano y en de la antigua Grecia. Emperadores, generales y nobles de ambas civilizaciones organizaban cacerías del león europeo. Eran cacerías bastante populares entre las clases más altas de la sociedad, y en seguida se convirtió en una cacería excesiva para la especie y muy popular entre el resto de los estratos de la sociedad (también entre los plebeyos que tuvieran la oportunidad de cazarlos). Además, los romanos también utilizaron a este animal para sus famosos combates de gladiadores y empezaron a capturarlos con gran frecuencia.

Los últimos ejemplares de esta especie se encontraron en la, por entonces romana, provincia de Acaya (actualmente, parte de Grecia). Se extinguió aproximadamente en el siglo I d.C, debido a la excesiva caza por parte de los cazadores romanos. Se cree que en la zona del Cáucaso podrían haber sobrevivido unos siglos más (quizás incluso podrían haber llegado hasta el siglo X), pero por aquel entonces la especie ya estaría condenada a desaparecer.

Fororacos

El fororacos, de nombre científico Phorusrhacos, era una gigantesca ave depredadora. Tenía el tamaño de un avestruz (aproximadamente, 2'5 metros de altura y 130 kilogramos de peso) y era una de las mayores aves carnívoras que ha existido. Muy apropiadamente se le conoce a veces como "ave del terror" por razones obvias. Sus alas eran muy rudimentarias y tenían la forma de un brazo con garras (sólo la forma) que utilizaban para agarrar a sus presas, por lo que era incapaz de volar.

Se alimentaba de pequeños mamíferos y carroña. Se cree que tenían dos formas de matar a sus presas: En primer lugar, podían atraparlas con su pico y estrellarlas contra el suelo repetidas veces hasta que ésta muriera. Por otra parte, también podrían matar a sus presas mediante un golpe directo con el pico, el cual acabaría instantáneamente con su víctima. Como vemos, el pico era su principal arma: Era extraordinariamente grande y terminaba en forma de gancho para penetrar en el cráneo de las presas.

Vivía en bosques y pastizales de la Patagonia argentina, durante la época del Mioceno. Cuando se descubrieron sus fósiles, se creyó que era un mamífero del orden Xenarthra (es decir, el orden de los osos hormigueros, armadillos, perezosos...), pero posteriores investigaciones confirmaron que era un ave. Las causas de su extinción no están muy claras, pero se especula que pudo ser por la competencia de otros animales o por cambios en su hábitat natural.

Hienodonte

El hienodonte es un género extinto de mamíferos carnívoros. Aparecieron a fines del Eoceno, hace 41 millones de años, y vivieron hasta el Mioceno, hace unos 21 millones de años. Se extendieron por casi todos los continentes, excepto en América del Sur, Australia y la Antártida.

Algunas de las especies de este género llegaron a alcanzar la estatura de un rinoceronte actual, mientras que otros tenían un tamaño considerablemente más pequeño (en total, hay más de 20 especies dentro de este género, por lo que hay algunas diferencias entre ellas). Entre los rasgos que mantenían en común, destaca principalmente su alimentación únicamente carnívora. Su cabeza era bastante grande y alargada, pero su cerebro era muy pequeño en comparación con ella. Su cuello bastante pequeño (mucho menor que su cráneo, por ejemplo), pero el resto del cuerpo era largo y robusto, terminado en una extensa cola.

Aspectos como el peso o la altura son los más difíciles de determinar, con diferencias enormes: Mientras que la especie más grande llegaba hasta los 500 kilogramos de peso (H. gigas), otras tenían apenas unos 20 kilos (H. crucians). Al igual que con el anterior animal que hemos visto, su extinción fue una combinación de varios factores, tales como el cambio climático, alteraciones en su hábitat o la introducción de nuevas especies que le harían la competencia.

Entelodóntido

Los entelodóntidos son una familia de mamíferos muy parecidos a los cerdos que podemos ver hoy en día. Vivían en los continentes de Asia y Norteamérica hace aproximadamente entre 45 y 25 millones de años y su alimentación era omnívora, basada en pequeñas plantas y carroña. Según los fósiles, su cerebro tenía el tamaño de un puño cerrado.

Las comparaciones con el cerdo son inevitables, ya que comparten muchos rasgos y están emparentados biológicamente, pero tienen ciertas diferencias: Sus patas eran más largas y finas, llegando a dotar al entelodóntido de unos 2 metros de altura. Pero, sin duda, la característica más diferenciadora de este animal son las dos protuberancias óseas que tiene a ambos lados de la cabeza (como bien se puede observar en la ilustración). Se cree que su función pudo haber sido la de fijar los músculos de la mandíbula, pero hay indicios de que también era un rasgo sexual (ya que los machos las tenían mucho más desarrolladas que las hembras).

También se ha dicho que estas protuberancias podrían haber tenido un papel importante en su alimentación a modo de arma. Como hemos dicho antes, eran onnívoros, pero presentaban una tendencia a cazar y comer animales vivos antes que carroña o plantas. Este pudo haber sido uno de los animales más poderosos de su hábitat a la hora de cazar, gracias a los devastadores golpes que podrían propiciar sus mandíbulas.

Gigantopithecus blacki

El Gigantopithecus blacki es una especie de primate extinto que vivió en Asia en el Pleistoceno (desde aproximadamente un millón de años hasta hace unos 300.000-100.000 años). Es el mayor simio que ha vivido, con una altura de 3 metros erguido y un peso de hasta 600 kilogramos. Su medio de locomoción es todavía bastante incierto: Por un lado, hay quien afirma que caminaba de forma bípeda, mientras que otros afirman que caminaba a cuatro patas. Aunque no hay datos determinantes sobre ese apartado, todo indica a que realmente andaba a cuatro patas y sólo estaba en posición erguida en escasas ocasiones. Por ejemplo, el mayor argumento para defender su forma cuadrúpeda de andar es su enorme peso, que habría resultado ser devastador para sus articulaciones al andar a sólo dos patas, mientras que habría estado mucho mejor repartido si se extiende por todo el cuerpo.

La historia de su descubrimiento es también sorprendente: El paleontólogo Ralph von Koenigswald encontró una muela enorme en una farmacia de Hong Kong. Impresionado por el tamaño de la muela, la compró y se puso a investigarla. Tras encontrar más muelas en otras farmacias chinas, determinó finalmente que se trataba de una nueva especie.

Era vegetariano, y, según los datos obtenidos del análisis de sus mandíbulas, basaba su alimentación en el bambú, semillas y frutas. Su extinción es todavía una incógnita, ya que no hay datos determinantes, pero los científicos sugieren que podría ser un cambio climático o la competencia de otras especies.

León americano

El león americano, de nombre científico Panthera leo atrox, fue una subespecie del león actual (al igual que el otro león del que hemos hablado hoy, el león europeo). Evidentemente, éste habitaba en el oeste de Norteamérica, desde Alaska hasta México. Vivió durante el Pleistoceno y fueron unos de los felinos más grandes que han existido jamás (alrededor de un 25% más grandes que los leones africanos actuales).

Medían alrededor de 1,27 metros sin melena y los machos pesaban entre 272 y 363 kilogramos. Eran los depredadores dominantes de la América glacial, superando a cualquier otro carnívoro de su época (incluido el Smilodon). Además de esta superioridad en el tamaño, también eran más inteligentes que el resto de leones actuales, con un cerebro notablemente más grande que el resto en comparación con su tamaño. Esto le permitía desarrollar conductas sociales más elaboradas, como mejores técnicas de caza o la organización de la vida en manada (se han encontrado restos de manadas de cien individuos viviendo en cuevas).

Eran carnívoros, y cazaban grandes presas de enorme tamaño. Asnos, caballos, bisontes, ciervos e incluso pequeños mamuts y mastodontes caían frente a ellos. Los leones americanos fueron víctimas de una extinción masiva que ocurrió en América. Murió junto a muchos otros animales de su misma época, como los megaterios. Principalmente, los responsables fueron una gran serie de cambios naturales, aunque también se especula que la expansión de los humanos pudo haber influido de forma secundaria en la extinción de este magnífico animal.

Agradecimientos y futura serie

Fisilosofo me recomendó hablar sobre el Xenicus Iyalli, el primer animal que hemos comentado en esta entrada. Pepe Cahiers me dio la idea de varios de estos animales: El oso de las cavernas, el león europeo, el fororacos, el hienodonte y el entelodóntido. Gárgola me informó sobre el Gigantopithecus blacki. Y, por último, octopusmagnificens me recomendó el Panthera leo atrox. Si me he dejado alguna recomendación en el tintero, me podéis avisar en un comentario.

Por supuesto, también os agradezco a todos los que habéis leído y comentado a través de estos 13 artículos que se han distribuido por casi todo el verano. En breve empezaremos una nueva serie completamente diferente (una pista: tratará sobre matemáticas... y voy a intentar que podáis hacer algo más que "leer" el artículo sin más), pero durante unos días vamos a continuar con artículos sueltos, para dar un descanso entre serie y serie.

Y aquí termina nuestro "Animales que ya no podemos ver". Si queréis recordar entradas antiguas, en la pestaña "Series" podréis volver al pasado.

Fuentes

Xenicus lyalli - Wikipedia
Ursus spelaeus - Wikipedia
Panthera leo europaea - Wikipedia
Phorusrhacos - Wikipedia
Hyaenodon - Wikipedia
Entelodontidae - Wikipedia
Gigantopithecus blacki - Wikipedia
Panthera leo atrox - Wikipedia
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Animales que ya no podemos ver (12ª parte) El Smilodon

El Smilodon, incorrectamente conocido como "Tigre dientes de sable" (aspecto que se explicará más adelante), se ha ganado una gran reputación como un gran cazador. Este género, que contiene tres especies muy parecidas entre sí, es altamente conocida gracias a sus largos colmillos. El Smilodon fatalis, Smilodon gracilis y el Smilodon populator suponen un género de poderosos felinos que dominaron toda América del Norte durante siglos.

Como decía en la introducción, el nombre común que se le suele aplicar a este género es incorrecto. En realidad, ese nombre se utiliza para nombrar a cualquier animal que posea unos dientes de sable. Aunque parezca mentira, hay un total de 27 especies que se merecen ese apodo. Muchas de ellas son biológicamente lejanas, pero por causas de evolución convergente han acabado desarrollar ese tipo de colmillos. Aunque es cierto que de todos los animales que portan esos colmillos el más famoso es el Smilodon, llamarlo "Tigre dientes de sable" es una inexactitud que puede acabar llevando al error.

Este animal apareció hace unos 3 millones de años, es decir, a finales del Plioceno. Poblaron toda América del Norte, y, al final de su existencia, intentaron colonizar América del Sur, coincidiendo con el Gran Intercambio Americano. Se extinguieron con el final del Pleistoceno, hace unos 12.000 años aproximadamente.

Estos felinos destacan por tener un cuerpo especialmente robusto y potente, más que cualquier felino actual. La evidencia de este hecho lo hallamos en sus huesos, los cuales son muy robustos y, por tanto, deberían estar diseñados para mantener unos músculos potentes y muy desarrollados. Esta potencia muscular se veía reflejada también en su peso: La especie más pequeña solía pesar unos 150 kg, mientras que la más grande alcanzaba los 350 kg. Se ha especulado que un macho excepcionalmente grande podría haber llegado a los 500 kg. Respecto a su altura, aunque también variara con la especie, solía rondar el metro o metro y medio, mientras que la longitud lateral podía llegar a los dos metros y medio. Sin embargo, esta musculatura no le daba mayor velocidad, ya que el Smilodon era más lento que cualquiera de los grandes felinos que vemos hoy.

Pero, sin ninguna duda, el aspecto más interesante de este animal son sus largos colmillos. Estos "dientes de sable", una versión prolongada de sus caninos, podían llegar a medir 20 centímetros y tardaban 18 meses en desarrollarse. Evidentemente, su principal uso era el de la caza. Cuando atacaban a una presa, dirigían su mordedura al cuello. De esta forma, sus grande colmillos partían literalmente sus los huesos de la presa y la mataban instantáneamente. Sin embargo, esto suponía un gran riesgo de ruptura para sus colmillos, así que también existía otra forma más delicada de llevar a cabo su objetivo: Hundían sus colmillos en el cuello de la víctima de forma que bloqueaban la tráquea (y, por tanto, bloqueaban la respiración) y al mismo tiempo destrozaban las arterias que llevaban sangre al cerebro (acto mediante el cual mataban definitivamente a la presa).

Sin embargo, se ha demostrado que la potencia con la que mordían era menor que la que ejercen otros felinos. Por ejemplo, el león puede realizar una mordedura tres veces más potente. ¿Para qué le servían entonces tantos músculos y largos dientes al Smilodon si su mordedura era más débil? La respuesta a esta aparente paradoja está relacionada con el tipo de caza que realizaban. Usando su pesado y poderoso cuerpo para inmovilizar a la víctima, el Smilodon clavaba sus colmillos en el cuello intentando alcanzar una longitud profunda. Gracias a esta forma de cazar, no era necesaria mucha potencia en la boca, sino una gran resistencia en los colmillos (aspecto en el que el Smilodon supera ampliamente a cualquier león) y una buena abertura de la boca (basta con decir que, mientras el león tiene una abertura de 65º, el Smilodon goza de una de 120º). Sencillamente, el Smilodon tiene una forma de caza diferente a la que practican otros felinos actuales. Por último, también hay que destacar que los colmillos estaban presentes tanto en hembras como en machos, por lo que no existía diformismo sexual.

Otro elemento implicado en la caza de este género eran sus patas. Dotadas de potentes músculos, estaban diseñadas no para correr, sino para derribar a su presa e impedir sus movimientos. Gracias a las uñas retráctiles y al peso de todo el cuerpo en general, el Smilodon podía mantener a su presa fijas en el suelo sin ningún tipo de posibilidad para escapar mientras sus colmillos hacían el resto.

Su alimentación era únicamente carnívora, y se especializaban en grandes presas: Bisontes, alces, camellos, ciervos, megaterios, crías de mamuts y mastodontes. Como se puede observar en los anteriores ejemplos, no solían atacar especies pequeñas, ya que su estilo de caza no eran las largas carreras y batallas, sino un ataque directo. Además, sus colmillos se habían especializado en atacar al cuello de la forma anteriormente descrita, por lo cual atacar presas pequeñas y huidizas era bastante incómodo para ellos.

Respecto a su organización social, se cree que estaban organizados en manadas gobernadas por uno o dos machos. También habría hembras, crías y machos jóvenes todavía en crecimiento. Todo esto se es una suposición de los expertos en base a numerosos fósiles que se estaban recuperando de una fractura grave. Si este animal fuera un cazador solitario, al romperse un colmillo o una pierna habría muerto casi instantáneamente por la imposibilidad de cazar. Sin embargo, el hallazgo de fósiles a mitad de la recuperación hacen pensar que el resto del grupo alimentaba y cuidaba al herido mientras se recuperaba.

Pero, ¿cómo se extinguió esta poderosa especie? El Smilodon fue parte de la extinción masiva que supuso el acontecimiento conocido como Gran Intercambio Americano. Este suceso fue una migración de las especies animales de Anérica del Sur hacia el Norte y la migración de las especies de América del Norte hacia el Sur. Esto fue un gran cambio en el hábitat y las costumbres de muchísimas especies. El Smilodon, como especie natal que era de América del Norte, emigró hacia América del Sur, donde su destino no fue demasiado bueno.

La principal causa fue la extinción de sus mayores presas. Como hemos dicho antes, el Smilodon se especializaba en animales grandes, como los megaterios o los mamuts. Y precisamente por culpa de esa excesiva especialización no pudo sobrevivir. Mientras que los grandes animales que habían sido sus presas durante largos años se iban extinguiendo, el Smilodon iba viendo cómo se reducía su rango de presas y hábitats.

Algunos biólogos también piensan que el ser humano pudo tener cierta influencia sobre ellos, pero más bien se tiene en cuenta el cambio climático que hubo en esa época. Unas temperaturas cada vez más difíciles para ellos, combinadas con el nuevo territorio, la presión de grupos humanos y, sobre todo, la falta de sus presas habituales, convirtieron la vida de esta especie en una odisea. Finalmente, acabó extinguiéndose alrededor del año 12.000 A.C.


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Animales que ya no podemos ver (11ª parte) El Mamut

El mamut es, posiblemente, uno de los animales extinto más conocidos. En realidad, el mamut es un género que contiene varias especies diferentes entre sí, aunque de todas ellas la más conocida es la del mamut lanudo. De todas formas, hoy haremos un repaso a las características comunes o generales de este género que tanto se parece a nuestros enormes elefantes, un animal grande, robusto y pesado.

Su nombre científico, "Mammuthus", es fruto de una curiosa anécdota: La tribu de los mansi creía que los mamuts eran animales subterráneos que morían cuando les daba la luz del Sol. Esta falsa y equivocada creencia se formó porque siempre que veían a un mamut, estaba muerto o era un fósil, por lo que llamaron a estos animales "Mammot", que viene a significar "topo de tierra".

Los mamuts vivieron en el Neógeno, desde hace aproximadamente 4,8 millones de años hasta hace 3.700 años (por lo que convivieron con humanos), y se extendieron por casi todo el globo: Norteamérica, Europa, Asia y África.

El peso de estos gigantes solía rondar las 6 u 8 toneladas, aunque se han llegado a observar en casos excepcionales machos de más de 12 toneladas. La altura varía bastante con la especie, pero normalmente superaban en altura a los elefantes: El más grande ellos (Mamut de río Songhua) tenía 5'3 metros de altura y 9 metros de longitud; mientras que el más pequeño (Mamut lanudo) solía medir de 2 a 3 metros de altura.

Sus características más importantes son, sin duda, los colmillos, la trompa y el pelaje. De los colmillos sabemos que son los dos dientes incisivos superiores y que eran bastante más grandes que los del elefante: Medían 2'5 metros y pesaban 50 kilos. A los seis meses de edad desarrollaban unos mini-colmillos y sólo un año más tarde florecerían los colmillos permanentes, los cuales no dejaban de seguir creciendo hasta la muerte del animal.

La trompa era muy robusta y musculosa, adaptada a hacer todo tipo de movimientos. Principalmente la utilizaba para la alimentación (un punto del que hablaremos más adelante), pero le daba muchos otros usos. Por ejemplo, la utilizaba para bañarse con agua como hacen los elefantes o para restregarse barro (el cual lo protegía contra los mosquitos).

El pelaje era una característica que sólo presentaban los mamuts que habitaban las zonas frías del norte. Estaba enmarañado y llegaba a cubrir todo el cuerpo del animal. Evidentemente, su función era la de retener el calor y protegerse contra el frío, por lo que algunas especies que habitaban en zonas templadas se deshicieron de él. Otra interesante característica que diferenciaba a los mamuts de la zona fría de los de la zona cálida eran las orejas. Mientras que los primero desarrollaron unas orejas muy pequeñas que les ayudaban a mantener el frío en el cuerpo (su tamaño sería comparable al de un quinto de las orejas de los elefantes), los segundos tenían unas orejas enormes.

Otro aspecto característico de los mamuts era su joroba. Según parece, desarrollaron una joroba de músculo, grasa o pelo en la parte superior de la espalda. Este dato lo sabemos gracias a una combinación de los fósiles y las pinturas rupestres: Mientras que los fósiles indican una espalda plana, las pinturas rupestres mostraban una espalda muy curvada. La conclusión a esta paradoja sería la presencia de las anteriores jorobas.

Los mamuts se solían organizar en sociedades matriarcales, en las cuales las hembras dominaban la manada. Cuando los machos alcanzaban la maduración sexual abandonaban el grupo y sólo se apareaban durante una pequeña época del año, de tal forma que las crías naciesen en la época estival, cuando había más alimento. La gestación duraba 22 meses aproximadamente y solía nacer una única cría por cada embarazo.

Respecto a su alimentación, eran unos animales herbívoros. Tomaban cualquier alimento vegetal, pero sobre todo su alimentación se basaba simplemente en hierba. Esta alimentación le obligaba a tomar casi 180 kilos diarios de comida, todo ello acompañado con hojas o cortezas que completaban sus necesidades. La gran cantidad de hierba que tomaba le obligó a desarrollar unos molares especializados que tenían pequeñas crestas de esmalte para masticar y romper su alimento.

Respecto a su extinción, al igual que ocurrió en otros casos (véase el megaterio o el alce irlandés) fue una mezcla de bastantes factores: Cambio climático, caza y una hipotética enfermedad

- El cambio climático que se produjo hace unos 13.000 años aumentó considerablemente las temperaturas y produjo grandes cambios en sus hábitats. Por ejemplo, los pequeños arbustos con los que complementaban su alimentación empezaron a ser sustituidos por grandes árboles, los cuales redujeron considerablemente la población de mamuts. Además de cambiar su hábitat, el aumento de temperaturas también afectó directamente a los mamuts poseedores de pelaje. Por ejemplo, se cree que gran parte de los mamuts lanudos podrían haber muerto por hipertermia, ya que su gran pelaje no permitiría un buen equilibrio térmico.

- Se sabe que el hombre cazaba a los mamuts. Cabe destacar que no fueron la causa principal, pero sí que pudieron ser un buen complemento para su extinción en la época del cambio climático, cuando la población era cada vez más escasa. Puntas de flechas clavadas en mamuts y pinturas rupestres demuestran que tanto el Homo sapiens como el Homo erectus se alimentaban de la carne de mamut.

- Y por último, existe una hipótesis que culpa de la extinción de los mamuts a una gran epidemia. Según dice, la enfermedad habría sido transmitida por el hombre y los animales domésticos que llevaban consigo en sus migraciones. Un simple brote de alguna enfermedad muy virulenta podría haber causado grandes estragos en una sociedad que tarda tanto en reproducirse y en reponer las pérdidas con nuevas crías (recordamos que sólo había una cría por apareamiento y la gestación duraba 22 meses). Sin embargo, esto es sólo una hipótesis y no hay hechos científicos.

Sea como sea, este es uno de los animales extintos de los que tenemos mejores datos. Los numerosos fósiles y pinturas rupestres se ven acompañados por los individuos congelados, los cuales representan una gran ayuda para su estudio. De hecho, algunos de estos individuos congelados están casi intactos. Recientemente, en Siberia, se encontró a una cría con los ojos intactos y casi todo el pelaje en su cuerpo. Hasta tal grado llegan las buenas condiciones de conservación que se ha llegado a plantear la clonación de la especie utilizando su ADN en óvulos de elefantes asiáticos.

Fuentes

Mammuthus - Wikipedia
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Animales que ya no podemos ver (10ª parte) El Babakotia radofilai

El animal que veremos hoy, el Babakotia radofilai, fue un animal muy curioso y de gran valor para los científicos, ya que ayudó enormemente a establecer similitudes entre la extinta familia de los lemures perezosos (familia a la que pertenecía esta especie) y el actual lémur Indri. Hay que evitar confundir la familia de los perezosos con la del los lemures perezosos, ya que pese al nombre y la apariencia similares no son parientes cercanos.

El nombre de "Babakotia radofilai" (no tiene nombre común, se le reconoce directamente con el científico) proviene de la calificación que solía recibir el indri (un pariente cercano y parecido a este animal), babakoto. Se adaptó el nombre a Babakotia y además se incluyo un segundo nombre en honor a uno de los descubridores de la especie, Jean Radofilao. Según se cree, este animal vivió durante buena parte del Holoceno (la época que comprende los últimos 11.784 años) hasta aproximadamente el 3000 a.C (esta fecha no se sabe con seguridad, lo explicaremos más adelante). También hay que destacar que era una especie endémica de Madagascar, una isla cuya fauna es especialmente extravagante y diferente al resto del mundo.

Era un animal de tamaño medio dentro de la familia de los lémures perezosos. Esta familia en general era de una longitud un poco mayor a la de los lémures actuales, por lo que el Babakotia radofilai mediría aproximadamente un metro de longitud y pesaba entre 16 y 20 kilogramos.

Como hemos comentado antes, esta especie no tiene nada que ver con los perezosos, pero al mismo tiempo tienen muchos caracteres similares (como ya expliqué en una ocasión, se trata de un ejemplo de evolución convergente, suceso en el que dos animales diferentes desarrollan rasgos similares al vivir en medios parecidos). Tenían unos antebrazos muy largos, unos dedos curvados y unas articulaciones muy flexibles. Este último punto destaca especialmente, ya que gozaba de gran movilidad en las caderas, la columna vertebral y las muñecas.

El cráneo de este animal es muy similar al del resto de los lemures perezosos, aunque era algo más ligero y menos robusto que el de las otras especies. Las órbitas oculares eran bastante pequeñas en relación al resto del cuerpo, por lo que lo más probable es que padeciera de una agudeza visual muy baja.

Una de las características que presentaba su comportamiento es que tendían a colgarse de los árboles tal como muestra la primera imagen de este artículo. No se tienen pruebas de que saltara de árbol en árbol como hacen otros animales parecidos, pero sí que existen indicios de que sabía trepar y colgarse de los árboles: Dedos ideales para agarrarse (largos y curvados), unos pies más pequeños (ideales para trepar de forma vertical), sus patas anteriores eran notablemente más grandes que las posteriores, y la ya mencionada flexibilidad en todo su cuerpo, desde las muñecas hasta la columna vertebral. Aunque, como demuestran los estudios más recientes, eran unos animales muy lentos a la hora de trepar y hacían diversas adaptaciones en sus movimientos para subir a los granes árboles.

También, gracias a los fósiles encontrados, se ha podido estudiar con detalle la dentadura del Babakotia radofilai. Se sabe que en total tenía 30 dientes, de los cuales son especialmente interesantes los molares y premolares, ya que eran más alargados que la de sus especies cercanas y, además, poseían una especie de crestas muy cortantes en la parte superior y esmalte redondeado en el resto del diente.

Gracias a esta información sobre la dentadura se puedo concluir que era un animal folívoro. Esto quiere decir que se alimentaba principalmente de las hojas de los árboles. Evidentemente, era una alimentación bastante pobre y poco nutritiva, por lo que también solía complementarlo con otro tipo de alimentos vegetales (pero nunca carne, ya que era herbívoro) como podrían ser las raíces duras o la fruta. Parece que los dientes surgían a edad muy temprana, ya que el destete de las crías mejoraba las posibilidades de supervivencia cuando llegara la temporada seca.

Respecto a su extinción, es el punto con más confusión sobre este animal. No se conocen las causas con seguridad, y además se cree que todavía hay fósiles sin descubrir y que pueden llevar a confusiones sobre su desaparición. Las teorías de los biólogos apuntan a que este animal se extinguió con la llegada del hombre a Madagascar en el siglo IV d.C.

Sin embargo, las teorías no cuadran con los hallazgos encontrados, ya que el fósil más reciente encontrado data de entre el 3100 y el 2800 a.C. ¡Más de tres mil años antes de la llegada del hombre! Este es el interrogante que se plantea: ¿Se extinguió por culpa del hombre y simplemente no hemos encontrado los suficientes fósiles? ¿O por el contrario su extinción fue por causas naturales y cuando el ser humano llegó a Madagascar ya no estaba allí?

Cualquiera de las dos podría ser cierta. Por ahora, los únicos lugares en los que se han encontrado fósiles coinciden con su hábitat: El norte y noroeste de Madagascar (como podemos ver en la imagen de la izquierda). En esas zonas hay bosques muy densos y son un lugar idóneo para la vida, y sobre todo para un animal tan relacionado con los árboles como era el extinto Babakotia radofilai.

Fuentes

Babakotia radofilai - Wikipedia
Babakotia - Wikipedia (English)
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Animales que ya no podemos ver (9ª parte) El Alce irlandés

El alce irlandés, este gigantesco animal de apariencia muy similar a los ciervos y alces que conocemos a día de hoy, tiene el honor de ser el mayor cérvido de toda la historia. Su impresionante cornamenta, de un tamaño desproporcionado, es capaz de dejar en ridículo a los más grandes alces. Continuando nuestra serie sobre animales extintos, revisamos hoy todo lo relacionado con este magnífico animal que habitó durante largos siglos toda eurasia.

El alce irlandés, de nombre científico "Megaloceros giganteus", vivió, a pesar de su apodo, por toda Europa y gran parte de Asia. ¿Y por qué ese nombre de "irlandés"? Sencillamente, ese adjetivo tiene su origen en la gran cantidad de fósiles encontrados en Irlanda, uno de los lugares donde mejores restos se conservan. Este animal convivió con el hombre, como podemos ver en las numerosas pinturas rupestres que podemos hay en diversas cuevas. Según se cree, esta especie apareció por primera vez hace unos 400.000 años, y fue uno de los grandes animales que vivieron durante el Pleistoceno, hasta que su existencia llegó a su fin hace unos 7.700 años (esta vez, su extinción fue por causas naturales).

Como ya supondréis, las dimensiones del alce irlandés son impresionantes. Por ejemplo, tenía una altura de 2'2 metros de media y su peso rondaba las 1'2 toneladas. Sin embargo, esta especie tenía un gran dimorfismo sexual, por lo que la hembra solía ser más grácil, pequeña, y, sobre todo, carecía de cornamenta de la que hacían gala los machos. Sin lugar a dudas, esa cornamenta es la característica más importante del animal.

Como si de un trofeo se tratara, el alce irlandés presumía de su enorme cornamenta: Hasta 3'5 metros de punta a punta y unos 40 kilogramos de peso tenía esta maravilla. Realmente, sus cuernos estaban desproporcionados y eran demasiado exagerados. ¿Pero por qué? Sencillamente, por selección natural. Los machos sólo llevaban la cornamenta en época de celo (otoño e invierno), y sólo los que poseían las cornamentas más grandes tenían descendencia. A causa de ello, el proceso evolutivo llevaba a esta especie a una extensión exagerada de sus cuernos.

Las cornamentas más grandes eran capaces de intimidar a sus rivales, alejar a otros machos e impresionar a las hembras. Y, por supuesto, en las grandes peleas entre machos ganaba el que tuviera una cornamenta mejor preparada para la batalla de "cabeza contra cabeza" (al igual que hacen los alces). Pero no todo eran ventajas. Tradicionalmente, se vio a estos cuernos como algo pesado e incluso molesto a la hora de cruzar bosques o árboles, ya que su cornamenta se enredaría y podría dejarlos atrapados. Sin embargo, este último problema no se presentaba con frecuencia, ya que el alce irlandés sólo vivía en despejadas tundras y estepas, no en bosques llenos de vegetación. Además, biólogos como Stephen Jay Gould aseguraron que su gran tamaño corporal compensaba el peso de la cornamenta y no debería haber ningún problema de peso.

Y, como mencionamos antes brevemente, su cornamenta también era un arma ideal para defenderse de otros animales. Según se cree, un adulto ya formado sólo tenía como depredadores habituales al león de las cavernas, al hombre neandertal y al hombre moderno. Esta especie no tenía miedo de ningún otro animal. Eso sí, los ejemplares enfermos o jóvenes eran presas ocasionalmente de los lobos, las hienas y los osos.

Y dejando atrás el tema de la cornamenta, otra curiosa característica de este animal era su pelaje, ya que cambiaba bruscamente según la estación. En verano era corto, ligero y de un color rojizo claro. Sin embargo, en invierno el pelaje se hacía más denso y cambiaba a un color más oscuro por todo el cuerpo excepto en la cara y el cuello, donde se volvía blanco. También hay que destacar que tenían una especie de "collar" formado por unas líneas de pelo negro desde los hombros hasta el cuello.

Respecto a su dieta, era herbívoro. Sobre todo, eran animales muy pastadores, que se alimentaban de mucha hierba y de los arbustos que crecían en las frías llanuras de las estepas. Y, precisamente, ese tipo de alimentación fue una de las razones por las que desapareció este animal, junto con muchas otras.

Las causas de su extinción son muy variadas y algunas posibilidades no se conocen con seguridad. La causa más importante fue una serie de cambios climáticos que afectó gravemente a su hábitat natural y redujo enormemente a la población de alces irlandeses hace aproximadamente unos 10.600 años. Evidentemente, esta serie de cambios en su hábitat redujo también los vegetales de los que se alimentaba, por lo cual cada vez era más difícil sobrevivir.

También se baraja que el hombre tuviera algo que ver con esta extinción. Se sabe que los cazadores humanos atacaban a este animal, pero en realidad era una caza moderada y lograron convivir con naturalidad, quizás porque no era demasiado fácil cazarlo. Sin embargo, una acción que podría haber afectado más duramente es la extensión de los granjeros, que mermaba las tierras en las que podía sobrevivir.

Otras posibles causas que se suman a la lista es la inadaptación para desplazarse a nuevas áreas más boscosas y, con más posibilidades, la osteoporosis (muy frecuente en los machos, a causa de la cornamenta) en malas épocas. Hay que recordar que este animal nunca salió de la zona de Eurasia, así que perdió la oportunidad de emigrar a nuevos territorios como América para sobrevivir.

Resumiendo de forma clara, la extinción del alce irlandés fue una mezcla de diversos factores que le impidieron adaptarse al medio. El clima estaba cambiando, su hábitat se reducía, la presencia humana aumentaba, sus alimentos escaseaban... Fue una mezcla mortal para el alce irlandés. Según los últimos fósiles hallados, hace 7.700 años ya deberían quedar muy pocos o ninguno, los últimos resquicios en zonas como Rusia o Escocia se estaban agotando. Según parece, los últimos grupos se refugiaron en Siberia occidental, donde perduraron unos años más antes de extinguirse por completo.

Fuentes

Megaloceros giganteus - Wikipedia
Irish Elk - Wikipedia (English)
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