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¿Son todas las erupciones volcánicas iguales? Una comparación entre los volcanes hawaianos y los peleanos

Siempre que se habla de la erupción de un volcán, se tiende a pensar en la típica escena de una alta montaña que expulsa piroclastos y crea ríos de lava mientras lo envuelve todo en humo y cenizas. Sin embargo, esta imagen describe sólo uno de los muchos tipos de erupciones volcánicas que existen. Y es que las erupciones volcánicas no son siempre iguales. De hecho, la gran diversidad de factores que intervienen en la erupción de un volcán hace que pueda desarrollarse de formas completamente diferentes.

Normalmente, los factores que más influyen en un tipo u otro de erupción volcánica son las características de la lava. Su temperatura, su composición y, sobre todo, su viscosidad, son elementos que alteran bastante el desarrollo de un volcán en erupción.

Una buena forma de ilustrar lo que estoy diciendo es comparar dos tipos de volcanes tan diferentes como los del tipo hawaiano y peleano. Por supuesto, además de estos dos tipos de volcanes, hay muchos otros (vulcanianos, estrombolianos...), pero estos dos son, por decirlo de alguna forma, opuestos en la escala, por lo que sirven bastante bien para una comparación.

Los volcanes hawaianos

Los volcanes hawaianos (cuyo nombre proviene, evidentemente, de su enorme frecuencia en las islas Hawai) tienen como característica principal una lava muy fluida y líquida. Es un factor crucial para comprender el funcionamiento de estos volcanes. Pero, ¿por qué es tan importante la fluidez de la lava?

En primer lugar, la facilidad que tiene una lava líquida para fluir es muy grande, por lo que no tiene problemas para discurrir por las laderas, creando lo que se conoce como coladas, extensos "ríos" o "mantos" de lava que se extienden por las cercanías. Esto, a su vez, evita que el volcán crezca en altura y lo dotan de una pendiente bastante suave y poco empinada. Es decir, sus estructuras no tienen grandes y elevados picos, sino formas redondeadas. De hecho, en inglés se les conoce como "shield volcanoes", debido a su parecido con la forma de un escudo.

La otra consecuencia de la fluidez de la lava de estos volcanes es que facilita enormemente la salida de los gases volcánicos. Cuanto menos viscosa es una lava, más fácil resulta la salida de los gases inherentes a la erupción volcánica. Así, se evitan las enormes explosiones y se permite la liberación de los gases de forma más pausada y suave. Por supuesto, la falta de explosiones produce también la escasez de piroclastos, muy poco frecuentes en este tipo de volcanes.

Uno de los mejores ejemplos de volcán hawaiano es el famoso volcán Kīlauea. En el siguiente vídeo, que muestra una de sus recientes erupciones, podemos apreciar todos los rasgos anteriormente comentados:



El volcán Kīlauea, uno de los que forman las islas Hawai, tiene una intensísima actividad magmática y está casi constantemente en erupción (se estima que, aproximadamente, se han realizado 35 erupciones desde el año 1952). Sin embargo, dadas las características de un volcán hawaiano, sus erupciones no entrañan un grave riesgo para la población (aunque, evidentemente, hay que mantener un cierto control sobre él). La escasez de explosiones y la liberación suave de los gases reduce mucho las posibilidades de afectar a las poblaciones cercanas, llegando incluso a convertirse en un destino turístico (el volcán más visitado del mundo).

Como se puede apreciar en algunas fotografías (1,2), es un volcán muy plano, como ya comentamos anteriormente. La lava de escasa viscosidad fluye fácilmente formando enormes "ríos", que pueden llegar al mar, dejando tras de sí característicos relieves formados por lava solidificada.

También es cierto que, a pesar de su general falta de explosiones, en algunas ocasiones aumenta su violencia, pero suelen ser casos aislados. Por supuesto, en sus numerosas explosiones es destacable mencionar la prácticamente ausencia de piroclastos, algo muy característico de este tipo de volcanes.

Todo esto ha propiciado que este volcán se convierta en una maravilla geológica de incalculable valor para los geólogos, que llevan años estudiando su comportamiento (tanto de forma particular como de forma general, para comprender mejor el funcionamiento de los volcanes).

Los volcanes peleanos

Echemos un vistazo ahora a los opuestos de los volcanes hawaianos. Los volcanes peleanos (cuyo nombre proviene del volcán Pelée, del cual hablaremos más tarde) tienen unas características muy diferentes, pero basadas principalmente en el mismo factor: La viscosidad de la lava. Si las lavas de los hawaianos tenían una buena fluidez, las de los peleanos tienen una viscosidad extrema.

Esto ocasiona que, a diferencia de los hawaianos, las lavas de un volcán peleano tengan una enorme dificultad para crear coladas y salir al exterior. La rápida solidificación de este tipo de lava hace que se formen estructuras de gran altitud y dotándolo de mayor pendiente. De hecho, la viscosidad y la rapidez a la hora de solidificarse pueden hacer que incluso se acumule en la chimenea del volcán, haciendo un efecto tapón (también se puede formar lo que se conoce como pitón o aguja volcánica, estructuras formadas por la lava solidificada dentro del volcán y que resisten al paso del tiempo, incluso cuando se destruye el cono volcánico).

Todo este taponamiento provoca que, también a diferencia de los volcanes hawaianos, los gases se vean retenidos, creando así una terrible presión en el interior del volcán. Llegado a cierto límite insostenible, los gases provocan una explosión que destruye, literalmente, la parte superior del volcán. Una enorme masa de gases ardientes inician así una violenta erupción que se lleva consigo trozos del volcán y magma (la cual se enfría durante el vuelo).

El mejor ejemplo de este tipo de volcanes es, por supuesto, el que le da nombre: El volcán Pelée. La erupción de este volcán en el año 1902 fue uno de los desastres geológicos más potentes del siglo XX, provocando la muerte de más de 30000 personas y la destrucción de toda una ciudad entera. Los testigos que tuvieron ocasión de verlo quedaron totalmente impresionados ante lo que había sucedido:

"La montaña explotó en pedazos sin aviso"

El volcán Pelée está situado en el arco volcánico de las Antillas Menores, una zona de intensa actividad volcánica. Meses antes de su explosión, ya se había empezado a detectar ciertos síntomas de su futuro final: Las fumarolas, grietas situadas cerca de un volcán por las que se expulsan gases, habían aumentado considerablemente su tamaño; fuertes lluvias de ceniza caían de vez en cuando en la ciudad de St. Pierre (la más cercana al volcán)... Sin embargo, todo esto fue ignorado (quizás por el atraso en técnicas de vulcanología para detectar erupciones o quizás por la propia irresponsabilidad de los ciudadanos de St. Pierre y sus gobernantes).

Finalmente, el 8 de mayo de 1902 se produjo de forma inesperada la terrible erupción. Enormes nubes oscurecieron el cielo en un radio de 80 kilómetros, desplazándose a unas velocidades vertiginosas. Un flujo piroclástico formado por vapores, gases y polvos a una temperatura superior a mil grados centígrados envolvió toda la ciudad. Miles de personas murieron abrasadas y quemadas, y la ciudad empezó a arder.

Dada la fecha en la que se realizó esta erupción, podemos afirmar que fue uno de los primeros desastres creados por un volcán que se retransmitieron al mundo entero (mediante prensa, fotografías...etc), por lo que fue uno de los detonantes para que se empezaran a tomar medidas para protegerse más seriamente de los volcanes. La tecnología ha avanzado bastante desde entonces, muchas veces con la intención de prevenir este tipo de accidentes y que, por lo menos, se eviten en una futura erupción volcánica de tales características la gran cantidad de muertes que trajo consigo el Pelée.

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Mary Anning, la buscadora de fósiles que revolucionó la paleontología

Mary Anning tenía sólo 12 años cuando un asombroso descubrimiento cambió su vida. Meses atrás, su hermano Joseph había encontrado lo que parecía ser un cráneo de cocodrilo, pero la pequeña Mary era bastante escéptica con aquél fósil y, como si de un pasatiempo cualquiera se tratara, siguió investigando para encontrar la verdad. Joseph, que pareció no darle mucha importancia a aquél asunto, pronto dejó a su hermana sola en su investigación. Esa anécdota fue el punto de origen para que, aproximadamente un año más tarde, cuando Mary contaba con 12 años recién cumplidos, hallara un fascinante fósil de 5'2 metros de largo que no se parecía a ningún animal conocido.

Era el año 1810 en Gran Bretaña, una época en la que la teoría creacionista estaba empezando a tambalearse frente a nuevas hipótesis (sólo un año antes, en el 1809, Lamarck había presentado su teoría evolutiva). El descubrimiento de aquella niña causó furor en los círculos científicos y toda la sociedad inglesa estaba entusiasmada por poder ver el fósil de aquél monstruo desconocido. El naturalista William Bullock expuso públicamente el hallazgo en una mansión de Londres, y pronto el mundo de la geología y la biología empezó a investigar qué era en realidad. Científicos como Everard Home escribieron largos artículos describiendo al monstruo: Al principio pensaba que era un pez, más tarde llegó a la conclusión de que se trataba de un ancestro del ornitorrinco, e incluso llegó a afirmar que era una mezcla entre salamandra y lagartija.

Pero lo que en realidad había encontrado Mary Anning era ni más ni menos que un espécimen de ictiosaurio, un reptil marino procedente de la época del Jurásico. Su apariencia, similar a la de un delfín, hizo que se ganase el nombre de "pez lagarto" (Ichthyosauria). Lo más extraordinario del fósil que Anning había encontrado es que estaba prácticamente completo y tenía unas condiciones de mantenimiento maravillosas (anteriormente, se habían encontrado indicios de la existencia del ictiosaurio por pequeños huesos, pero nunca nadie se había topado con un ejemplar completo).

Por aquella hazaña digna de los más grandes paleontólogos, Mary Anning sólo ganó 27 libras, pero algo mucho más importante que eso había nacido: Su vocación como buscadora de fósiles.

Mary venía de una familia de clase baja, lo cual, sumado a que era una mujer, hizo que se dificultara enormemente su entrada en el mundo de la ciencia. La Sociedad Geológica de Londres nunca la admitió entre sus miembros y siempre se la tomó como a una intrusa. De hecho, si hubiera formado parte de la comunidad científica, probablemente tendríamos mucha más información sobre sus descubrimientos, ya que, en ocasiones, los paleontólogos publicaban estudios a base de los fósiles que ella encontraba sin ni siquiera mencionarla. Uno de los mejores amigos de Mary escribió una vez: "Mary dice que el mundo la ha utilizado hasta la saciedad... estos hombres de ciencia han chupado su cerebro, y han sacado un gran partido publicando obras de las cuales ella elaboró los contenidos, recibiendo nada a cambio".

Pero todas estas adversidades no impidieron que Mary desarrollara su afición: Tras el éxito que había generado su hallazgo del ictiosaurio, se decidió a abrir por sus propios medios una tienda de fósiles. Por aquél entonces tenía 27 años y una larga experiencia como coleccionista de fósiles. Este nuevo proyecto atrajo a geólogos de toda Europa y América, que venían en busca de sus exóticos descubrimientos. Personajes de tan reconocida importancia como George William Featherstonhaugh (primer geólogo de la historia de los Estados Unidos y uno de los más importantes contribuyentes al Liceo de Historia Natural de Nueva York) iban hasta a Inglaterra para comprarle fósiles a Mary. Incluso el rey Federico Augusto II de Sajonia formó parte de su clientela, que se permitió el "capricho" de comprarse un ictiosaurio para su colección particular.

Lo más curioso de Mary Anning era su educación autodidacta: Diseccionaba peces y sepias para compararlos con los fósiles que encontraba y devoraba cualquier libro sobre paleontología que cayera en sus manos. Todo ello consolidó el papel de Anning como una de las más grandes expertas en la materia. De hecho, años antes de haber fundado su tienda de fósiles, ya había realizado muchos otros grandes descubrimientos. Incluso convendría decir que, desde el hallazgo del ictiosaurio, Mary no paró nunca de encontrar nuevos fósiles.

Por ejemplo, durante 1820-1821 (cuando ella tenía 22 años de edad), realizó otro descubrimiento: Un extraño fósil de lo que parecía ser otro reptil marino. De nuevo, volvió a ser el foco de atención de numerosos paleontólgos que empezaron a idear hipótesis sobre el origen de aquella rareza. Resultó ser el primer fósil registrado del plesiosaurio, un animal de 5 metros de longitud procedente del Jurásico Superior, el cual despertó la admiración de todos los científicos. Unos años más tarde, la propia Mary encontró otro fósil del plesiosaurio que estaba incluso en mejores condiciones (el primero que encontró carecía del cráneo, pero el segundo era perfecto).

El geólogo William Daniel Conybeare escribió el artículo más importante sobre el Plesiosaurio y le dio su nombre, pero en ningún momento mencionó a Mary como descubridora del fósil. Esta no es más que una de las numerosas muestras del desprecio que sufrió Mary a lo largo de su historia (de hecho, además de encontrar el fósil, ella había sido la responsable de muchos de los bocetos que acompañaban al artículo).

Pero sus descubrimientos también generaban desconfianza. El naturalista Georges Cuvier, que era una de las mayores autoridades en el campo de la anatomía comparada, dudó de la veracidad del fósil y se dispuso a examinarlo por sí mismo para comprobar si era un fraude (algo nada extraño en aquella época). Y es que, el enorme cuello del plesiosaurio, que constaba de 35 vértebras, extrañó de sobre manera a Cuvier, quien pensó en la posibilidad de que fuera una combinación de las vértebras de varios animales. Sin embargo, después de una investigación junto a la Sociedad Geológica de Londres, llegó a la conclusión de que era un fósil legítimo, reconociendo que se había equivocado con sus acusaciones.

A lo largo de su carrera, Mary Anning realizó muchos más descubrimientos que, a pesar de no ser tan espectaculares como los anteriores, tuvieron bastante importancia en el avance de la ciencia. Por poner un ejemplo, en el año 1828, descubrió un ejemplar en magníficas condiciones del Dapedium politum, un pez que vivió durante la época del Triásico y el Jurásico. A pesar de que ella no fue la descubridora de esta especie, fue la que aportó uno de los fósiles mejor conservados y que permitían un mejor estudio de sus características.

También encontró partes del esqueleto del pterosaurio, los famosos vertebrados voladores que convivieron con los dinosaurios durante casi toda la era Mesozoica. Otra de sus contribuciones fue el de los descubrimientos relacionados con los belemnites, un grupo de moluscos ya extinto de gran parecido con los calamares y sepias actuales (en concreto, Mary llegó a la conclusión de que los belemnites usaban la tinta para defenderse al igual que lo hacen los cefalópodos de nuestros días).

Pero la importancia de Mary Anning en la historia de la ciencia va mucho más allá que el simple descubrimiento de simples especies: Las pruebas paleontológicas que aportó fueron uno de los mayores apoyos a la teoría de la extinción de las especies, un elemento indispensable en la teoría de la evolución por selección natural. En aquella época aún algunos pensaban que ninguna especie se había extinguido. Aunque científicos como Cuvier ya habían comentado que ciertos mamíferos como el mamut, habían desaparecido, muchos otros pensaban que esos animales seguían existiendo en zonas inexploradas del planeta (ya que, para ellos, la desaparición natural de una especie creada por Dios era una muestra de imperfección). Sin embargo, cuando Mary llegó con aquellos extraños animales, nadie se atrevió a dudar que podrían seguir existiendo.

También fue una de las fundadoras de la ciencia geológica que hoy conocemos como paleontología, demostrando que se podía estudiar la historia de los seres vivos mediante pruebas fósiles. El análisis de la cronología de la tierra a partir de pruebas geológicas y paleontológicas sufrió un momento de auge gracias a muchos de sus descubrimientos.

A los 47 años de edad, murió de cáncer de mama, dejando tras de sí un legado inolvidable. Tras su muerte, numerosas obras se realizaron en su honor. Desde la Sociedad Geológica de Londres, le dedicaron un homenaje que nunca antes se le había hecho a alguien ajeno a la propia sociedad, y menos aún a una mujer. Otros ejemplos de reconocimiento son la iglesia de San Miguel Arcángel, en Lyme Regis, que tiene una vidriera realizada en honor de la paleontóloga; y el famoso escritor Charles Dickens, que llegó a dedicarle un artículo en una de las revistas en las que escribía, recordando las grandes dificultades por las que pasó esta pionera y experta de la paleontología.

Nota: Esta entrada es mi participación a la 1ª edición del carnaval de geología, que organiza "Un geólogo en apuros".

Fuentes

Mary Anning - Wikipedia
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El ámbar gris

Si volviéramos atrás en el tiempo y aterrizáramos en la época del Renacimiento, probablemente nos extrañaría ver una curiosa joya en manos de los nobles más ricos. Este objeto es una sustancia conocida como ámbar gris, tomada durante siglos como una misteriosa y oculta joya de origen desconocido.

A día de hoy, y como desvelaré al final del artículo, conocemos su procedencia, pero en aquellos tiempos era un objeto extraño, poco común y muy caro. De vez en cuando, los marineros se encontraban flotando ámbar gris en la superficie oceánica o, en otros casos, se encontraba en la orilla de las costas. Sea como sea, siempre se encontraba en zonas cercanas al mar, como si apareciera de la nada.

Lo que más fascinaba de esta joya era su olor: Dulce, perfumado, marino... Se dice que se asemeja bastante al intenso olor producido por el alcohol isopropílico. Quizás esa fuera una de las razones por las que se veneraba tanto al ámbar gris, llegando a mezclarlo con otros perfumes para potenciar el aroma. De hecho, hoy se usa como componente de algunos perfumes, ya que está demostrado que, además de darles un toque dulzón, alargan considerablemente la duración del olor producido por éstos. Según dice la leyenda (probablemente cierta), Isabel I de Inglaterra usaba ámbar gris para perfumar sus guantes.

Además de como perfume, también se usó en la preparación de recetas, a modo de especia (tiene un sabor realmente parecido al chocolate). Entre los ilustres personajes que lo consumían, se encuentra Carlos II de Inglaterra, quien amaba los huevos condimentados con ámbar gris. Era una sustancia "de reyes", accesible sólo a los nobles y los más altos estratos de la sociedad de la época.

También tenía muchas otras particularidades. Era duro, pero poco denso (ahí la razón por la que flotaba en el agua) y se le relacionaba con frecuencia con el ámbar, pero de color gris (evidentemente, por esa razón se le llamó "ámbar gris"). Sin embargo, esta sustancia no tiene ninguna semejanza con el ámbar normal.

Después de un largo proceso de moldeado, secado y decorado, se convertía en una de las más valiosas joyas, a la que se unían un misterio especial y un olor atrayente. Con el tiempo se acabó otorgando dotes mágicas al ámbar gris y se dijo de él todo lo que podáis imaginar: Que era útil como medicina, que era un afrodisíaco, que servía como "amuleto", que prevenía de enfermedades... e incluso que protegía contra la peste negra.

La sustancia se encontraba en el mar de cualquier forma: Quizás un día se veía un pequeño trozo de apenas unas decenas de gramos, o quizás un afortunado día de podías encontrar un buen pedazo de unos 40 kilos. Los marineros estaban encantados cuando aparecía uno de estos pedazos, ya que sus ventas generaban unos ingresos bastante altos. De esta forma, empezó la búsqueda de su origen. Al fin y al cabo, si alguien encontraba la fuente de esta sustancia, se haría automáticamente rico.

Las diversas opiniones sobre su origen fueron muy variadas y fueron cambiando con el tiempo. Por ejemplo, algunos marineros pensaban que era una roca que se desprendía de cavernas y cuevas subterráneas, la cual acabaría saliendo a flote debido a su baja densidad.

Otras teorías eran mucho más imaginativas: Unos holandeses propusieron que el ámbar gris procedía de los árboles, cuyas raíces buscaban el agua del mar. De esta forma, los árboles más cercanos a la costa tendrían unas raíces en contacto con la parte subterránea del océano. Allí, debido a las aparentemente buenas condiciones, las raíces empezaban a producir una sustancia parecida a la savia pero más dura, la cual acabaría subiendo a la superficie del mar, donde finalmente era encontrada.

Sin embargo, ambas teorías estaban completamente equivocadas y no se acercan para nada a la realidad. ¿Cuál era el origen de esta sustancia de reyes y ricos? ¿De dónde procedía realmente esta joya olorosa con propiedades mágicas?

Ni más ni menos que del intestino de los cachalotes. Un dato sorprendente, pero completamente lógico. El proceso de formación del ámbar gris es algo muy fácil de entender y es simplemente un método de protección ideado por los cachalotes. Ya por el siglo XVIII se empezaba a sospechar de que el cachalote era el responsable de la creación de esta sustancia. Se comprobó que una buena parte de los cachalotes tenían ámbar gris en su intestino, lo cual daba dos posibilidades:

a) Que los cachalotes sólo se tragaban el ámbar gris y que no lo producían; o

b) Que el ámbar gris se producía en el interior de los cachalotes.

Efectivamente, la respuesta correcta es la b), eran ellos los que realmente producía la sustancia. Esto se demostró al encontrar restos de calamares gigantes en los trozos más grandes de ámbar gris, ya que este animal era la presa favorita del cachalote.

La explicación científica de este hecho es bastante simple: Los cachalotes producen ámbar gris como método de defensa para los alimentos que puedan dañar su intestino. En el momento de su creación en el interior de los cachalotes, la sustancia es muy diferente a la que encontramos en el la superficie marina: Una masa blanda, pegajosa, blanquecina y con un intenso olor fecal. Prácticamente, este precursor del ámbar gris recubre las partes peligrosas de los alimentos que está tomando y así protege su propio organismo.

Después de cumplir su misión como protector intestinal, el cachalote expulsa al exterior esta sustancia, la cual, con el paso del tiempo, acaba tomando la forma que se usó como joya en esa antigua época. Los agentes responsables de esta transformación son la luz solar y la oxidación por el agua salada, los cuales endurecen y oscurecen este "desecho" y lo transforman en la joya de la que hablamos hoy.

Actualmente se sigue usando el ámbar gris en la fabricación de perfumes, ya que, como dijimos al principio, tiene la propiedad de alargar la duración de los aromas con los que se combina. Debido a la dificultad de encontrarlo, se ha intentado crear un sustituto adecuado, aunque no con mucho éxito. A día de hoy, puedes comprar ámbar gris a, aproximadamente, 1000 euros por kilo, llegando a alcanzar cifras todavía más altas según su pureza.

El gran valor que se le atribuyó al ámbar gris ha sido motivo de que, durante muchos años, se cazaran cachalotes buscando la sustancia en su interior. Por suerte, a día de hoy es mucho más rentable rastrear los mares y las playas en su búsqueda que cazando cachalotes, por lo que su venta es la mayoría de los países es algo completamente legal (aunque en otros, como en EE.UU, está penalizado por la ley, independientemente de su origen).

Fuentes

Ámbar gris - Wikipedia
El ámbar gris - El Tamiz
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¿Matan las arenas movedizas? Separando el mito de la realidad

Un tema muy recurrente en las películas de aventuras son las arenas movedizas. Cuando menos lo esperan, los "malos" de la película están siendo absorbidos por este asesino silencioso y en cuestión de unos minutos ya están enterrados bajo tierra.

¿Qué hay de verdad en todo esto?

Lo cierto es que no hace falta preocuparse mucho. Caerse en unas arenas movedizas y quedar sepultado mientras te ahoga la arena es más bien un mito de las películas. Pero antes de entrar en el tema del artículo es necesario preguntarse: ¿Qué son las arenas movedizas?

Básicamente, son una mezcla de arena, arcilla, agua salada y aire. Éstas actúan como un fluido no-newtoniano. Esto quiere decir que, cuando no hay nada que ejerza presión sobre ellas, se comportan como un material sólido; sin embargo, cuando cualquier presión se ejerce sobre ellas, pasan a desmoronarse y a convertirse en una especie de líquido.

Entre el 30% y el 70% de las arenas movedizas está formado por agua y aire, por lo que los granos de arena tienen una mayor distancia entre sí. Evidentemente, con esa composición, cualquier peso o fuerza es capaz de vencer al rozamiento que mantiene a las partículas en su posición. De esta forma, la arena movediza es incapaz de soportar un peso que sí sostendría la arena seca y, junto con la acción del agua como lubricante, el cuerpo que está ejerciendo la fuerza se hunde en ellas.

Falacias y verdades

La primera razón lógica por la que no hace falta tener miedo de una muerte así es que el ser humano es menos denso que las arenas movedizas. Por tanto, en situaciones normales, tenderemos a flotar sobre ellas cuando lleguemos a cierto punto de profundidad (más o menos cuando las arenas nos lleguen a la cintura o el pecho nos pondremos a, literalmente, flotar sobre ellas). Por poner un ejemplo, es bastante más difícil flotar en el agua que en las arenas movedizas (es fácil de razonar, si flotamos en el agua porque tenemos una densidad menor que ella, flotaremos mucho mejor en una mezcla de agua y arena, ya que el sólido le da todavía más densidad a la mezcla).

La segunda razón es que, a pesar de lo que se cree, la profundidad de unas arenas movedizas no suele superar nunca el metro de profundidad. Exceptuando algunos casos aislados de mayores dimensiones, lo más normal es que un adulto se pueda sumergir en ellas como máximo hasta el pecho.

Entonces, ¿esto quiere decir que es imposible morir en unas arenas movedizas? Por supuesto que no. Evidentemente se han registrado muertes, pero no por las causas que podemos ver en el cine. Lo más normal en una muerte de este tipo es que, si alguien se queda bloqueado y no puede salir de ellas, acabará sufriendo una insolación (a causa del Sol en un día caluroso) o hipotermia (las arenas movedizas pueden llegar a estar bastante frías).

Además de esas dos causas también existen otras más variadas. Por ejemplo, si caemos en unas arenas movedizas cercanas a una costa, hay posibilidades de que la marea llegue hasta nosotros y suframos una muerte por ahogamiento a causa del agua marina. Aunque este tipo de muerte parezca ser el más fantasioso, es uno de los más comunes, ya que las arenas movedizas se suelen localizar siempre en zonas de costa o cerca de lagos y ríos.

En caso de permanecer bloqueado en ellas durante mucho tiempo, también se puede morir de hambre o sed. Pero, pase lo que pase, lo más extraño es morir enterrado bajo la arena (a no ser que te pongas nervioso y metas la cabeza dentro o hagas alguna locura de ese tipo).

Dicho esto, queda bastante claro que la muerte se produce al quedarse "atascado" en ellas y pasar horas y horas allí. Pero tampoco hace falta preocuparse: Las muertes no son algo común, en la mayoría de los casos se evitan con facilidad.

El clásico truco de "¡no hagas movimientos bruscos!" resulta ser la única forma de salir fácilmente. Como dijimos al principio, la presión ejercida por el cuerpo es la responsable de que las arenas se comporten como un líquido, por lo que si luchamos contra ellas y ejercemos aún más presión, lo único que conseguiremos es hundirnos más en unas arenas cada vez menos viscosas y más líquidas.

Y además de empeorar la situación, movernos no resultará nada fácil: Para mover un pie sumergido en las arenas movedizas a la velocidad de 1cm por segundo es necesario ejercer una fuerza de más de una tonelada (lo necesario para levantar un coche mediano, por ejemplo).

Como se suele decir, para salir de aquí "más vale maña que fuerza". Básicamente lo que habría que hacer es distribuir el peso corporal de forma que la presión ejercida sea cada vez menor. Es decir, el objetivo sería recostarse sobre la espalda y "tumbarse" sobre las arenas movedizas (literalmente, "flotando" en ellas) hasta sacar las piernas. Cuando las piernas estén fuera, lo demás es bastante más fácil, ya que basta con escapar arrastrándose por el suelo.

Recordadlo la próxima vez que queráis imitar a Indiana Jones ;)

Fuentes

Arenas movedizas - Wikipedia
Cómo salir de arenas movedizas - WikiHow
Documental recomendado: Cazadores de mitos: Arenas movedizas
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¿Los océanos son cada vez más salados?


A primera vista parece algo lógico, una deducción fácil de comprender y asimilable. Debido al ciclo del agua, lo más fácil de pensar es que los océanos van acumulando cada vez más sal, debido a los minerales que el agua lleva consigo al venir de tierra firme y que no se evapora. Vamos a explicar el planteamiento de forma más detallada:

Como ya sabéis, en la Tierra existe un ciclo del agua, que consiste en la evaporación del agua y en su posterior caída en forma de precipitaciones a la superficie terrestre. Cada año se evaporan unos 125.000 kilómetros cúbicos de agua del océano, que luego caen en forma de lluvia y que acaban volviendo.

El equilibrio entre las dos partes del ciclo no son equivalentes. De todo el contenido del océano, sólo se evapora el agua propiamente dicha, sin ningún mineral de por medio, de modo que la lluvia es agua casi pura. Pero, al volver a la Tierra, la mayoría de las precipitaciones caen primero en tierra firme, se filtran en el suelo y recogen una serie de productos químicos solubles que transporta consigo hasta el océano. Actualmente, las aguas del océano contienen un 3,5% de materiales disueltos, en su mayoría sal común.

De este modo llegamos a la conclusión expuesta anteriormente, el océano está recibiendo constantemente sal y otros productos químicos de la Tierra, sin perder ni un ápice de ellos durante la evaporación. El océano se hará cada vez más salado muy despacio, pero al cabo de los años acabará reuniendo una cantidad de sal impresionante.


Un ejemplo de lo que podría pasar en los océanos según esta hipótesis se da en ciertos lagos interiores. Si el lago está situado en una región cálida y, por tanto, su velocidad de evaporación es mayor, los materiales disueltos se acumulan con mayor rapidez y el lago puede llegar a tener una salinidad mucho mayor que la del océano. El mar Muerto, en la raya entre Israel y Jordania, tiene un 25% de materiales disueltos. Con tal salinidad, apenas hay seres vivos que puedan sobrevivir.

¿Esta hipótesis es cierta? ¿Los océanos se harán tan salados que nada podrá sobrevivir allí? La respuesta es negativa, es una hipótesis equivocada. Explicamos el porqué:

En los océanos existen procesos que tienden a reducir el contenido salino del océano. Las tormentas, por ejemplo, arrastran consigo tierra adentro la espuma de las olas y distribuyen sobre el continente las sales disueltas.

Pero hay un factor mucho más importante que ése, y es que muchos de los materiales disueltos en el agua se unen en compuestos insolubles (que no se disuelven con el agua) que van a parar al fondo del mar.

Por otro lado, muchas otras sustancias son absorbidas por las células de los organismos marinos, por lo que los seres vivos también hacen su trabajo y despejan un poco la salinidad.

El balance final es que el océano es mucho menos rico en sales minerales de lo que debería ser si calculamos todo el material que han tenido que aportar los ríos a lo largo de los últimos miles de millones de años.

Además, como comprobación de este hecho, vemos que el fondo del océano es muy rico en sustancias que tienen que haber venido de la tierra. Por todo el suelo marino hay grandes cantidades de metales en forma de nódulos.

Con el paso de muchos años, todos estos nódulos pueden quedar acorralados de grandes espacios de tierra. Estas porciones de océano se van evaporando poco a poco, dejando atrás grandes cantidades de materiales disueltos, que regresan así a la tierra. Las minas de sal son los restos de esas porciones de océano desecadas, confirmando así la teoría de que muchas de las sustancias disueltas en el agua formas compuestos y bajan al fondo.

Resumiendo, ¿qué pasa? ¿aumenta la salinidad? ¿baja? ¿se queda igual? La verdad es que no es seguro, pero no es tan "apocalíptico" como nuestras hipótesis primarias. Es un proceso automoderado que tiende a regularse.

Fuente

Cien preguntas básicas sobre la ciencia - Isaac Asimov - ISBN 978-84-206-3982-6
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